Entré al cuarto y vi mi ropa en la cama, mi mochila no estaba en la equina donde la había dejado. Supuse que la señora del refajo había hecho limpieza en el gavetero y por la muerte del coronel ya no había ordenado como estaba. Me bañé, me cambié de ropa y pensé en buscar mi mochila para echar todos mis andrajos.
La primera gaveta de arriba estaba trabada, no se podía abrir. Jalé con fuerza y el agarradero me quedó en los dedos. Al jalar la gaveta de en medio vi mi mochila, la tomé y la sentí pesada. Caminé hacia la cama y la abrí. ¡Estaba llena de billetes!.
Me detuve, no lo podía creer. Vacié la mochila en la cama. Caminé a la puerta y le eché llave. Por primera vez me puse nervioso porque me descontrolé; respiré hondamente para controlarme.
Conté los montones una, otra y otra vez. Había veinte montones, a pesar de tener la cantidad en el cincho que le colocan en el banco; conté cuantos tenía un montón, repetí lo mismo como con seis o siete paquetes, todos tenían cinco mil quetzales en billetes de cien. Los metí de nuevo en mi mochila y la cerré.
Traté de tranquilizarme.
Yo había escuchado hablar de botijas, de cantidades de bambas y de cántaros llenos de monedas viejas. Las historias de los viejos de El Remanso decían que cuando no era para uno se convertían en carbón. Por eso volví a abrir la mochila y ahí estaban los mismos billetes.
En la gaveta de arriba yo había dejado el dinero que me dio el coronel cuando matamos aquellos tres en Amatitlán.
El dinero que estaba en la mochila estaba bien ordenado como lo dan en los bancos. No quería desajustarlo.
Fui nuevamente al gavetero y quité la gaveta de en medio para meter la mano y jalar la gaveta de arriba. En la gaveta de abajo estaba otro maletín de color verde que no había estado antes. Lo saqué por la gaveta de en medio y también pesaba. Lo puse en el piso y lo abrí. También estaba lleno de billetes. Vacié el dinero y conté los paquetes. Habían cuarenta. Los llené de nuevo y también cerré el maletín.
No podía ordenar mis pensamientos. ─No pudo haber sido más que el coronel, el que lo haya llevado a mi cuarto. Me senté a plan en el piso y recordé al coronel en todos los momentos que compartimos, incluso cuando me dijo que la bestia era yo, y más me conmovió cuando lo vi muerto sobre la canasta. Sentí cargo de conciencia por su muerte. Si no me hubiera ido con la secuestrada, tal vez el coronel estaría vivo, aunque quizás el muerto fuera yo.
Sin meditar, algo me llevó a abrir la gaveta de arriba. La jalé con las dos manos por la parte de abajo y logré destrabarla. Era otro maletín de color gris un poco más grande. Antes de sacarlo sospeché que también estaba lleno de billetes. Algo cambió mi interior porque ya no me sentí nervioso, ni siquiera quise contar cuantos montones habían.
Debajo de ese maletín estaban los billetes que yo buscaba. Me los eché repartidos en las bolsas del pantalón; coloqué las gavetas y comencé a buscar una forma de llevarme todo en un solo viaje.
Recordé que en el cuarto donde se guardaban las herramientas había un costal de brin de doscientas libras. Fui a traerlo y metí los maletines, la mochila y mis andrajos.
Abandoné la casa y caminé rumbo al parque. La idea era tomar un taxi y jalar a donde el turco.
En el camino, a dos cuadras del parque vi un rótulo en un pliego de papel manila pegado en la pared de una casa recién terminada donde decía: “Se alquila apartamento. Informan en la tienda”. La tienda estaba a dos casas de donde se encontraba el anuncio. Pregunté a la señora que estaba atendiendo y me dijo que sí lo alquilaban. ─Quiero verlo, le dije. ─Con mucho gusto, respondió y llamó a un anciano que estaba sentado en una perezosa. El anciano se paró, tomó unas llaves que estaban colgadas de un clavo en la pared y salió para ir a enseñarme.
El apartamento era ideal para mí, estaba recién terminado, se sentía el olor de la cal impregnado en los repellos de las paredes. Consistía en una sala, una cocina pequeñita y un baño incluyendo regadera e inodoro.
─Me quedo con el, le dije al anciano.
─Vale cincuenta quetzales al mes, me indicó.
─Lo quiero, le repetí. Coloqué mi costal recostado en la pared cerca de la puerta y de mi billetera saqué un billete de cien quetzales.
─Le pago dos meses de una vez, le dije.
─Todos los que venían a verlo se quejaban por el precio y usted sin regatear me está pagando dos meses de una vez, dijo el anciano.
─Vamos a la tienda, le voy hacer su recibo. Fuimos y me invitó a una coca-cola, mientras me hizo el recibo.
Regresé al apartamento, saqué el maletín verde y guardé el costal en el baño. Cerré con doble llave las puertas y salí con el maletín. Busqué un taxi y me fui a donde el turco.
Eran casi las cinco de la tarde, me bañé y le dije al turco que lo invitaba a cenar. Ni lento ni perezoso guardó todo lo que tenía desordenado y nos fuimos a un restaurante chino que estaba en la calzada San Juan. Cenamos, nos tomamos tres cervezas cada uno. El turco quería saber quien era la muchacha.
─Esa muchacha no es para vos, me dijo. Luego siguió. ─Tiene gustos de persona rica y vos sos pobre, buscate una que sea sencilla para que te quiera. Hicimos una pausa larga, luego nos paramos, fui a pagar a la caja y nos fuimos. En el camino a la casa el turco me preguntó que donde trabajaba ahora. ─En la policía, le contesté. Se dio otra larga pausa y cuando llegamos a la casa me dijo: ─Solo este mes te alquilo el cuarto, no me gustan los policías. No le respondí y me fui al cuarto, de inmediato me acosté.
El día siguiente, al presentarme a la casa del jefe, estaba Byron esperándome, tenias tres periódicos. Desde que me vio me hizo una señal para que me acercara a él. ─Esta es la muchacha por la que te preguntábamos y señalaba la foto de la muchacha que ya había sido liberada.
Byron me miraba fijo a los ojos, yo trataba de desviar la atención viendo la primera plana de cada periódico. Sentía el peso de la mirada y para desviar la atención de Byron le pregunté donde habían velado al coronel. ─En una funeraria de aquí de la capital, yo te dije que aquí no es como en la chifurnia y se rió.
─De manera que vos no has visto a los familiares volvió a expresar Byron.
─No, yo me quedé desde ante ayer esperando que llegara alguien a la casa pero no se apareció nadie y ayer se me fue el día buscando un cuartito, le respondí.
─ ¿Y encontraste?, preguntó.
─Si ya en la mera tarde encontré uno en la colonia Quinta Samayoa.
Abrí las páginas de un periódico y me senté a la par de Byron; luego en voz baja le dije: ─Tengo algo que contarte, tal vez nos escapamos un rato del congreso y vamos a donde estoy viviendo. Byron no respondió, solo asintió con la cabeza.
Aunque no me respondió, se guardó la duda. Cuando salimos para el Congreso, le ordenó al chenco que se fuera en el tercer carro, a mi me ordenó que me fuera con él en el primero.
Ya en el congreso nuevamente me ordenó que me quedara en el carro y le ordenó al chofer que me diera la llave y que él se fuera a desayunar. Byron se fue con el jefe hasta la oficina presidencial del congreso.
Esta vez regresó rápido y salimos rumbo a mi cuarto.
El camino se hizo corto contándome que el chenco me buscó en el velorio y también en el entierro con la intención de despacharme. ─Está como la gran puta porque Ángelito cobró el rescate de la muchacha y no lo compartió, me dijo. ─De eso se trata este viaje, le dije. ─ ¿Cómo así?, me interrumpió. ─Es que, el maletín donde guardaba mis cosas, lo encontré lleno de billetes y me lo traje ayer para mi cuarto y tengo temor que me lo roben por eso te lo quiero entregar. Ya no me dijo nada y cuando llegamos donde el turco se entró detrás de mí.
─ ¡Aquí vivís!, exclamó.
─Si, es que aquí trabajé antes de trabajar con el coronel, le respondí y me agaché a sacar el maletín de debajo de la cama. Se lo entregué y de inmediato lo abrió y contó los paquetes. ─Cuarenta por cinco mil, son doscientos mil, dijo en vos alta.
─¿Y tus demás cosas?, me preguntó.
─Yo las guardaba en ese maletín y cuando quise sacar ropa para cambiarme, fue cuando vi el dinero, le respondí.
Me miró fijamente a los ojos y luego me ordenó que me sacara las bolsas del pantalón y que me quitara los calcetines. Cuando saqué los dos mil quetzales que cargaba en la bolsa me los quitó y se quedó observándolos, luego me los devolvió.
─ Ponete los calcetines y vámonos, dijo ya con el maletín en la mano.
─Si te hubiera encontrado tan sólo un billete nuevo en las bolsas, o si no hubiera sido redondo el número de paquetes, ya fueras alcanzando a Angelito, me sentenció Byron.
Cuando íbamos entrando de nuevo al congreso me miró a los ojos y yo hice lo mismo.
─Total, que me echen a la mierda, pensé en silencio.
─Voy a hablar con los muchachos para que te demos algo, por lo menos para que te comprés la ropa que te perdió Angelito, me indicó nuevamente. No le respondí.
Mientras el acomodaba el maletín debajo del sillón del copiloto, yo me salí del carro y me fui al comedor; no le esperé.
Caminando por los pasillos recordé que la muchacha no me había dicho ni adiós y ahora Byron no me dijo ni gracias.
─ ¿Qué contradictoria es la vida, si hago cosas buenas las toman a mal.
Estoy entendiendo que por una maldad, nadie tiene que agradecer nada, sin embargo, se adquiere respeto.
Cuando regresé del comedor Byron se acercó y me alertó: ─El chenco, no cree que solo eso tenías; para evitar que se soquen, hoy te voy a dejar de turno; estarás más seguro aquí que en el cuarto que alquilás, me dijo. No le respondí.
Al llegar a la casa del jefe, Byron me indicó que desde que saliera de mi turno, el sábado a las siete de la mañana, tendría libre hasta el martes temprano porque el jefe iba a salir del país.
El sábado temprano me fui a donde el turco, quería darle las gracias e indicarle que ya no ocuparía el cuarto. Cuando llegué, el turco estaba como ochenta mil diablos, no me dejó entrar.
─Te dije que no me gustan los policías; anoche vinieron los de la judicial a buscarte, si te hubieran hallado, te matan. ─Voltearon todo y quebraron la cama; no te la voy a cobrar pero ya no entrés, me dijo al tiempo que cerraba la puerta.
No me quedaba otra más que sacar agallas y quedarme por ahí para esperar al chenco y enfrentarlo.
Me fui al mercado, compré un sombrero y una chumpa de lona gruesa. Volví frente a la casa del turco y luego de rodear la manzana, dando tiempo a que apareciera el chenco y quizás Byron.
Después de una hora aproximadamente, Justo cuando yo repunté en la esquina de la cuadra, observé que uno de los carros donde conducíamos al jefe estaba frente a la casa del turco. Me fui rápido al basurero del mercado y le dije al cuidador que le pagaba cincuenta quetzales si iba a decirle a los de un carro que estaba a tres cuadras, que el patojo que buscan está tomando en el mercado.
Tomó el billete y luego me pidió que le enseñara qué carro. Caminé con él y se lo señalé. Mientras el cuidador caminaba hacia el carro yo regresé corriendo y me senté en la silla del cuidador.
Pocos minutos iban cuando pasó el chenco con la pistola en la mano. Salí y lo seguí varios metros. Pude matarlo por la espalda pero eso no es de hombres, es de cobardes.
─ ¡Chenco, aquí estoy!, grité. Él, se volteó de inmediato apuntándome. Yo, seguro de lo que quería lograr, y que no me mataría de frente; me acerqué a él. Yo sabía que el chenco era traidor, pude adivinarlo por la forma como quedó el coronel. En los pocos pasos que di hacia él, retumbaron en mi mente las palabras del coronel “la bestia sos vos” y lo imaginé embrocado sobre la canasta. Llegué hasta donde estaba el chenco y le quité la escuadra. ─ Va por el coronel, le dije y le disparé doce plomazos a quema ropa; todos en el pecho. Byron apareció de inmediato y me puso su mano en mi hombro. Yo estaba sereno y satisfecho. Me acerqué al chenco y le aventé la escuadra en la cara. Byron la recogió y se la colocó en la cintura, me miraba de una manera rara, luego dijo: ─¡Vámonos!. No le obedecí. Saqué la escuadra que él me había dado y se la entregué con todo y tolvas.
− ¿Qué, ya no vas a trabajar con nosotros?, me preguntó.
─Si vos querés sí y si no querés tampoco. Y caminé hacia la calle. Byron se fue al carro y luego me alcanzó.
─Subite, vámonos, me dijo.
─Prefiero irme solo, le respondí.
Caminé hasta la calzada y luego tomé rumbo hacia La Florida. Creo que caminé varias cuadras sin sentir cuando encontré a unos jugadores de fút-bol que estaban celebrando con cerveza. ─ ¿Dónde venden guaro?, les pregunté. ─Ahí en las quince letras, me indicaron señalándome una cantina.
Llegué y pedí dos octavos; al estilo que lo hacía el coronel en la cantina de Villa Nueva. Me tomé uno de a tesón, el otro me lo tomé de dos tragos, con limón y sal. Luego, fueron otros dos y después otros dos. Los pagué y luego caminé otra vez hacia la calzada y la atravesé. Me monté en una camioneta y me fui sin pensar donde bajarme. Al pasar por el mercado central me bajé y fui directo a los comedores. Me senté en una banca larga y pedí caldo de gallina. Saciada mi hambre, no se si por los tragos o por el cajetón de caldo que me tomé, me bajó sueño. Pagué y salí rumbo a la catedral; me divertí viendo tantas palomas de castilla comiendo maicillo que les daban los niños. En la puerta tuve la intención de comprar un manojo de candelas de colores para prenderlas por el descanso del coronel, pero al mismo tiempo reflexioné que de nada serviría; cualquier penitencia no pagaría las maldades que habíamos realizado juntos y sin imaginar cuántos ayotes había descuachipado antes.
Quizás el olor del humo de la cera de las candelas y no se qué quemarán en las iglesias, pero me estaba mareando. Decidí irme para Villa Nueva. Subí hasta la concha acústica y tomé un taxi para que me llevara.
Me quedé en el parque y de ahí me fui directo a comprar una cama matrimonial para estrenar el apartamento. Esperé que me la llevaran y luego fui por una sábana, también tuve que comprar una pasta, cepillo y jabón.
Me acosté como a las siete de la tarde y me levanté el domingo como a las once de la mañana. Salí y busqué un comedor. De regreso en el apartamento sentí aburrido el tiempo. Tomé un paquete de billetes de mi mochila y fui en busca de un televisor y una refrigeradora.
Me las llevaron como a la media hora. Pasé la tarde viendo “El Gran Chaparral”, una serie de vaqueros y apaches.
Qué más podía pedirle a la vida, tenía el lujo y comodidad de cualquier rico. Aunque mi mayor felicidad estaba en haber matado al chenco y especialmente de la forma que lo hice.
La vida me estaba enseñando que unos mueren para felicidad de otros. Aunque contradictorio; la muerte del coronel me trajo mucha felicidad. Y tuve que verlo de esta manera y hacerme la idea que mi muerte traería felicidad para otros. No sabría para quien pero eso estaba como haberlo visto.
Traté de pensar en el comportamiento de Byron y descubrí que era el más collón, zalamero e hipócrita de todos los que he conocido en mi vida. Me había manifestado cariño por el coronel y encubrió al chenco para que lo matara. Ahora andaba con el chenco y no fue capaz de matarme ni por la espalda; lo más seguro es que esté cagando ralo, pensando en la frialdad con que maté a su compañero.
El lunes por la mañana me eché dos paquetes de cinco mil quetzales en las bolsas de la chumpa y salí con la intención de encontrar a Moy Sandoval. Tenía presente su actitud cuando agarró la puñada de fichas del canasto para dármelas y que fuera a almorzar. Una actitud que no cualquiera tiene y que perduró para siempre en mi memoria.
Al no encontrarlo en la fábrica fui donde su tía para dejarle el dinero. Yo quería que comprara su propio carro y cumpliera su sueño de ayudar a su hermano menor, trayéndoselo a la capital.
La mala noticia fue que Moy, hacía quince días había muerto en un accidente en un municipio lejano y me dio más tristeza saber que nadie tuvo dinero para trasladar su cadáver a la aldea El Remanso.









