Eduar2

Libertad Alternativa.

Entré al cuarto y vi mi ropa en la cama, mi mochila no estaba en la equina donde la había dejado. Supuse que la señora del refajo había hecho limpieza en el gavetero y por la muerte del coronel ya no había ordenado como estaba. Me bañé, me cambié de ropa y pensé en buscar mi mochila para echar todos mis andrajos.

La primera gaveta de arriba estaba trabada, no se podía abrir. Jalé con fuerza y el agarradero me quedó en los dedos. Al jalar la gaveta de en medio vi mi mochila, la tomé y la sentí pesada. Caminé hacia la cama y la abrí. ¡Estaba llena de billetes!.

Me detuve, no lo podía creer. Vacié la mochila en la cama. Caminé a la puerta y le eché llave. Por primera vez me puse nervioso porque me descontrolé; respiré hondamente para controlarme.

Conté los montones una, otra y otra vez. Había veinte montones, a pesar de tener la cantidad en el cincho que le colocan en el banco; conté cuantos tenía un montón, repetí lo mismo como con seis o siete paquetes, todos tenían cinco mil quetzales en billetes de cien. Los metí de nuevo en mi mochila y la cerré.

Traté de tranquilizarme.

Yo había escuchado hablar de botijas, de cantidades de bambas y de cántaros llenos de monedas viejas. Las historias de los viejos de El Remanso decían que cuando no era para uno se convertían en carbón. Por eso volví a abrir la mochila y ahí estaban los mismos billetes.

En la gaveta de arriba yo había dejado el dinero que me dio el coronel cuando matamos aquellos tres en Amatitlán.

El dinero que estaba en la mochila estaba bien ordenado como lo dan en los bancos. No quería desajustarlo.

Fui nuevamente al gavetero y quité la gaveta de en medio para meter la mano y jalar la gaveta de arriba. En la gaveta de abajo estaba otro maletín de color verde que no había estado antes. Lo saqué por la gaveta de en medio y también pesaba. Lo puse en el piso y lo abrí. También estaba lleno de billetes. Vacié el dinero y conté los paquetes. Habían cuarenta. Los llené de nuevo y también cerré el maletín.

No podía ordenar mis pensamientos. ─No pudo haber sido más que el coronel, el que lo haya llevado a mi cuarto. Me senté a plan en el piso y recordé al coronel en todos los momentos que compartimos, incluso cuando me dijo que la bestia era yo, y más me conmovió cuando lo vi muerto sobre la canasta. Sentí cargo de conciencia por su muerte. Si no me hubiera ido con la secuestrada, tal vez el coronel estaría vivo, aunque quizás el muerto fuera yo.

Sin meditar, algo me llevó a abrir la gaveta de arriba. La jalé con las dos manos por la parte de abajo y logré destrabarla. Era otro maletín de color gris un poco más grande. Antes de sacarlo sospeché que también estaba lleno de billetes. Algo cambió mi interior porque ya no me sentí nervioso, ni siquiera quise contar cuantos montones habían.

Debajo de ese maletín estaban los billetes que yo buscaba. Me los eché repartidos en las bolsas del pantalón; coloqué las gavetas y comencé a buscar una forma de llevarme todo en un solo viaje.

Recordé que en el cuarto donde se guardaban las herramientas había un costal de brin de doscientas libras. Fui a traerlo y metí los maletines, la mochila y mis andrajos.
Abandoné la casa y caminé rumbo al parque. La idea era tomar un taxi y jalar a donde el turco.

En el camino, a dos cuadras del parque vi un rótulo en un pliego de papel manila pegado en la pared de una casa recién terminada donde decía: “Se alquila apartamento. Informan en la tienda”. La tienda estaba a dos casas de donde se encontraba el anuncio. Pregunté a la señora que estaba atendiendo y me dijo que sí lo alquilaban. ─Quiero verlo, le dije. ─Con mucho gusto, respondió y llamó a un anciano que estaba sentado en una perezosa. El anciano se paró, tomó unas llaves que estaban colgadas de un clavo en la pared y salió para ir a enseñarme.

El apartamento era ideal para mí, estaba recién terminado, se sentía el olor de la cal impregnado en los repellos de las paredes. Consistía en una sala, una cocina pequeñita y un baño incluyendo regadera e inodoro.

─Me quedo con el, le dije al anciano.

─Vale cincuenta quetzales al mes, me indicó.

─Lo quiero, le repetí. Coloqué mi costal recostado en la pared cerca de la puerta y de mi billetera saqué un billete de cien quetzales.

─Le pago dos meses de una vez, le dije.

─Todos los que venían a verlo se quejaban por el precio y usted sin regatear me está pagando dos meses de una vez, dijo el anciano.

─Vamos a la tienda, le voy hacer su recibo. Fuimos y me invitó a una coca-cola, mientras me hizo el recibo.

Regresé al apartamento, saqué el maletín verde y guardé el costal en el baño. Cerré con doble llave las puertas y salí con el maletín. Busqué un taxi y me fui a donde el turco.

Eran casi las cinco de la tarde, me bañé y le dije al turco que lo invitaba a cenar. Ni lento ni perezoso guardó todo lo que tenía desordenado y nos fuimos a un restaurante chino que estaba en la calzada San Juan. Cenamos, nos tomamos tres cervezas cada uno. El turco quería saber quien era la muchacha.

─Esa muchacha no es para vos, me dijo. Luego siguió. ─Tiene gustos de persona rica y vos sos pobre, buscate una que sea sencilla para que te quiera. Hicimos una pausa larga, luego nos paramos, fui a pagar a la caja y nos fuimos. En el camino a la casa el turco me preguntó que donde trabajaba ahora. ─En la policía, le contesté. Se dio otra larga pausa y cuando llegamos a la casa me dijo: ─Solo este mes te alquilo el cuarto, no me gustan los policías. No le respondí y me fui al cuarto, de inmediato me acosté.

El día siguiente, al presentarme a la casa del jefe, estaba Byron esperándome, tenias tres periódicos. Desde que me vio me hizo una señal para que me acercara a él. ─Esta es la muchacha por la que te preguntábamos y señalaba la foto de la muchacha que ya había sido liberada.

Byron me miraba fijo a los ojos, yo trataba de desviar la atención viendo la primera plana de cada periódico. Sentía el peso de la mirada y para desviar la atención de Byron le pregunté donde habían velado al coronel. ─En una funeraria de aquí de la capital, yo te dije que aquí no es como en la chifurnia y se rió.

─De manera que vos no has visto a los familiares volvió a expresar Byron.

─No, yo me quedé desde ante ayer esperando que llegara alguien a la casa pero no se apareció nadie y ayer se me fue el día buscando un cuartito, le respondí.

─ ¿Y encontraste?, preguntó.

─Si ya en la mera tarde encontré uno en la colonia Quinta Samayoa.

Abrí las páginas de un periódico y me senté a la par de Byron; luego en voz baja le dije: ─Tengo algo que contarte, tal vez nos escapamos un rato del congreso y vamos a donde estoy viviendo. Byron no respondió, solo asintió con la cabeza.

Aunque no me respondió, se guardó la duda. Cuando salimos para el Congreso, le ordenó al chenco que se fuera en el tercer carro, a mi me ordenó que me fuera con él en el primero.

Ya en el congreso nuevamente me ordenó que me quedara en el carro y le ordenó al chofer que me diera la llave y que él se fuera a desayunar. Byron se fue con el jefe hasta la oficina presidencial del congreso.

Esta vez regresó rápido y salimos rumbo a mi cuarto.

El camino se hizo corto contándome que el chenco me buscó en el velorio y también en el entierro con la intención de despacharme. ─Está como la gran puta porque Ángelito cobró el rescate de la muchacha y no lo compartió, me dijo. ─De eso se trata este viaje, le dije. ─ ¿Cómo así?, me interrumpió. ─Es que, el maletín donde guardaba mis cosas, lo encontré lleno de billetes y me lo traje ayer para mi cuarto y tengo temor que me lo roben por eso te lo quiero entregar. Ya no me dijo nada y cuando llegamos donde el turco se entró detrás de mí.
─ ¡Aquí vivís!, exclamó.
─Si, es que aquí trabajé antes de trabajar con el coronel, le respondí y me agaché a sacar el maletín de debajo de la cama. Se lo entregué y de inmediato lo abrió y contó los paquetes. ─Cuarenta por cinco mil, son doscientos mil, dijo en vos alta.

─¿Y tus demás cosas?, me preguntó.

─Yo las guardaba en ese maletín y cuando quise sacar ropa para cambiarme, fue cuando vi el dinero, le respondí.

Me miró fijamente a los ojos y luego me ordenó que me sacara las bolsas del pantalón y que me quitara los calcetines. Cuando saqué los dos mil quetzales que cargaba en la bolsa me los quitó y se quedó observándolos, luego me los devolvió.

─ Ponete los calcetines y vámonos, dijo ya con el maletín en la mano.

─Si te hubiera encontrado tan sólo un billete nuevo en las bolsas, o si no hubiera sido redondo el número de paquetes, ya fueras alcanzando a Angelito, me sentenció Byron.

Cuando íbamos entrando de nuevo al congreso me miró a los ojos y yo hice lo mismo.
─Total, que me echen a la mierda, pensé en silencio.

─Voy a hablar con los muchachos para que te demos algo, por lo menos para que te comprés la ropa que te perdió Angelito, me indicó nuevamente. No le respondí.

Mientras el acomodaba el maletín debajo del sillón del copiloto, yo me salí del carro y me fui al comedor; no le esperé.

Caminando por los pasillos recordé que la muchacha no me había dicho ni adiós y ahora Byron no me dijo ni gracias.

─ ¿Qué contradictoria es la vida, si hago cosas buenas las toman a mal.
Estoy entendiendo que por una maldad, nadie tiene que agradecer nada, sin embargo, se adquiere respeto.

Cuando regresé del comedor Byron se acercó y me alertó: ─El chenco, no cree que solo eso tenías; para evitar que se soquen, hoy te voy a dejar de turno; estarás más seguro aquí que en el cuarto que alquilás, me dijo. No le respondí.

Al llegar a la casa del jefe, Byron me indicó que desde que saliera de mi turno, el sábado a las siete de la mañana, tendría libre hasta el martes temprano porque el jefe iba a salir del país.

El sábado temprano me fui a donde el turco, quería darle las gracias e indicarle que ya no ocuparía el cuarto. Cuando llegué, el turco estaba como ochenta mil diablos, no me dejó entrar.

─Te dije que no me gustan los policías; anoche vinieron los de la judicial a buscarte, si te hubieran hallado, te matan. ─Voltearon todo y quebraron la cama; no te la voy a cobrar pero ya no entrés, me dijo al tiempo que cerraba la puerta.

No me quedaba otra más que sacar agallas y quedarme por ahí para esperar al chenco y enfrentarlo.

Me fui al mercado, compré un sombrero y una chumpa de lona gruesa. Volví frente a la casa del turco y luego de rodear la manzana, dando tiempo a que apareciera el chenco y quizás Byron.

Después de una hora aproximadamente, Justo cuando yo repunté en la esquina de la cuadra, observé que uno de los carros donde conducíamos al jefe estaba frente a la casa del turco. Me fui rápido al basurero del mercado y le dije al cuidador que le pagaba cincuenta quetzales si iba a decirle a los de un carro que estaba a tres cuadras, que el patojo que buscan está tomando en el mercado.

Tomó el billete y luego me pidió que le enseñara qué carro. Caminé con él y se lo señalé. Mientras el cuidador caminaba hacia el carro yo regresé corriendo y me senté en la silla del cuidador.

Pocos minutos iban cuando pasó el chenco con la pistola en la mano. Salí y lo seguí varios metros. Pude matarlo por la espalda pero eso no es de hombres, es de cobardes.

─ ¡Chenco, aquí estoy!, grité. Él, se volteó de inmediato apuntándome. Yo, seguro de lo que quería lograr, y que no me mataría de frente; me acerqué a él. Yo sabía que el chenco era traidor, pude adivinarlo por la forma como quedó el coronel. En los pocos pasos que di hacia él, retumbaron en mi mente las palabras del coronel “la bestia sos vos” y lo imaginé embrocado sobre la canasta. Llegué hasta donde estaba el chenco y le quité la escuadra. ─ Va por el coronel, le dije y le disparé doce plomazos a quema ropa; todos en el pecho. Byron apareció de inmediato y me puso su mano en mi hombro. Yo estaba sereno y satisfecho. Me acerqué al chenco y le aventé la escuadra en la cara. Byron la recogió y se la colocó en la cintura, me miraba de una manera rara, luego dijo: ─¡Vámonos!. No le obedecí. Saqué la escuadra que él me había dado y se la entregué con todo y tolvas.

− ¿Qué, ya no vas a trabajar con nosotros?, me preguntó.

─Si vos querés sí y si no querés tampoco. Y caminé hacia la calle. Byron se fue al carro y luego me alcanzó.

─Subite, vámonos, me dijo.

─Prefiero irme solo, le respondí.

Caminé hasta la calzada y luego tomé rumbo hacia La Florida. Creo que caminé varias cuadras sin sentir cuando encontré a unos jugadores de fút-bol que estaban celebrando con cerveza. ─ ¿Dónde venden guaro?, les pregunté. ─Ahí en las quince letras, me indicaron señalándome una cantina.

Llegué y pedí dos octavos; al estilo que lo hacía el coronel en la cantina de Villa Nueva. Me tomé uno de a tesón, el otro me lo tomé de dos tragos, con limón y sal. Luego, fueron otros dos y después otros dos. Los pagué y luego caminé otra vez hacia la calzada y la atravesé. Me monté en una camioneta y me fui sin pensar donde bajarme. Al pasar por el mercado central me bajé y fui directo a los comedores. Me senté en una banca larga y pedí caldo de gallina. Saciada mi hambre, no se si por los tragos o por el cajetón de caldo que me tomé, me bajó sueño. Pagué y salí rumbo a la catedral; me divertí viendo tantas palomas de castilla comiendo maicillo que les daban los niños. En la puerta tuve la intención de comprar un manojo de candelas de colores para prenderlas por el descanso del coronel, pero al mismo tiempo reflexioné que de nada serviría; cualquier penitencia no pagaría las maldades que habíamos realizado juntos y sin imaginar cuántos ayotes había descuachipado antes.

Quizás el olor del humo de la cera de las candelas y no se qué quemarán en las iglesias, pero me estaba mareando. Decidí irme para Villa Nueva. Subí hasta la concha acústica y tomé un taxi para que me llevara.

Me quedé en el parque y de ahí me fui directo a comprar una cama matrimonial para estrenar el apartamento. Esperé que me la llevaran y luego fui por una sábana, también tuve que comprar una pasta, cepillo y jabón.

Me acosté como a las siete de la tarde y me levanté el domingo como a las once de la mañana. Salí y busqué un comedor. De regreso en el apartamento sentí aburrido el tiempo. Tomé un paquete de billetes de mi mochila y fui en busca de un televisor y una refrigeradora.

Me las llevaron como a la media hora. Pasé la tarde viendo “El Gran Chaparral”, una serie de vaqueros y apaches.

Qué más podía pedirle a la vida, tenía el lujo y comodidad de cualquier rico. Aunque mi mayor felicidad estaba en haber matado al chenco y especialmente de la forma que lo hice.

La vida me estaba enseñando que unos mueren para felicidad de otros. Aunque contradictorio; la muerte del coronel me trajo mucha felicidad. Y tuve que verlo de esta manera y hacerme la idea que mi muerte traería felicidad para otros. No sabría para quien pero eso estaba como haberlo visto.

Traté de pensar en el comportamiento de Byron y descubrí que era el más collón, zalamero e hipócrita de todos los que he conocido en mi vida. Me había manifestado cariño por el coronel y encubrió al chenco para que lo matara. Ahora andaba con el chenco y no fue capaz de matarme ni por la espalda; lo más seguro es que esté cagando ralo, pensando en la frialdad con que maté a su compañero.

El lunes por la mañana me eché dos paquetes de cinco mil quetzales en las bolsas de la chumpa y salí con la intención de encontrar a Moy Sandoval. Tenía presente su actitud cuando agarró la puñada de fichas del canasto para dármelas y que fuera a almorzar. Una actitud que no cualquiera tiene y que perduró para siempre en mi memoria.

Al no encontrarlo en la fábrica fui donde su tía para dejarle el dinero. Yo quería que comprara su propio carro y cumpliera su sueño de ayudar a su hermano menor, trayéndoselo a la capital.

La mala noticia fue que Moy, hacía quince días había muerto en un accidente en un municipio lejano y me dio más tristeza saber que nadie tuvo dinero para trasladar su cadáver a la aldea El Remanso.


Capítulo XII. EL CHENCO

LIBERTAD

Cuando toqué la puerta, el que me abrió, me indicó que me estaban esperando como agua de mayo. Cuando nos encaminamos al salón de los sillones grandes, se llevó el dedo índice a la boca y dio un silbido; de inmediato apareció Byron con otros tres miembros de seguridad; entre ellos, un chenco mal encarado, como de un metro sesenta de estatura; tenía un bigote caído y patillas recortadas en forma de bota; daban la apariencia de ser más largas que su propia cara. Pude notarle la maldad cuando lo vi venir directo hacia mí. Confieso que no sentí ni pizca de miedo, pero retumbaron en mi memoria la frase del hombrón y la del coronel: “Lució mal la bestia” y “La bestia sos vos”.

El Chenco me puso el cañón de su escuadra en mi garganta y con la mano izquierda arrugó mi camisa a la altura de mi esternón. Me dejé llevar sin alzar mis manos hasta que me tiró sobre un sillón. Yo no dije nada. ─¿Dónde está la muchacha, hijo de puta?, me dijo y seguía hablando, lo hacía tan rápido que no le entendí casi nada. Byron y los otros compañeros me lo quitaron de encima y me ayudaron a levantarme; luego Byron me puso la mano sobre la espalda y me llevó a una esquina. En forma amigable me dijo. ─Angelito nos dijo que dejó con vos a una muchacha para que la cuidaras.

─ ¿Qué muchacha?, le pregunté.

─ ¿Vos anduviste ayer con Angelito?, me volvió a preguntar.

─ Si, le respondí y agregué. ─Yo lo acompañé a traer una canasta grande a una casa, dimos varias vueltas y después paró y me mandó a conseguirle sueros a una farmacia; cuando llegué con los sueros me ordenó que lo esperara, que tenía que ir a hacer un mandado y que luego llegaría por mí, pero ya no regresó.

─ ¿A qué hora fue eso?

─Como a las dos y media, le respondí.

Sin decirme nada Byron se retiró de mí y fue a donde estaba el chenco con los otros. Habló con ellos y luego el chenco salió de la sala rumbo a la calle.
─Patojo, no a pasado nada, dentro de un rato salimos para el Congreso, me dijo Byron.

El policía de la puerta se quedó conmigo mientras Byron y los otros dos se fueron hacia dentro de la casa.

Ahora me preocupaba la llegada del coronel. Quizás actuaría igual que el chenco o podía llevarme al matadero de una vez. No podía ordenar mis pensamientos; hasta ahora había salido librado, pero no podría decirle lo mismo al coronel.

A las nueve de la mañana salimos para el Congreso. Esta vez el jefe pidió que me fuera junto a él. ─¿Es verdad que te fuiste a pie hasta Villa Nueva aquella noche del atentado?. ─Sí, llegué como a las seis de la mañana, le respondí. ─Nadie se imaginó que tomarías ese rumbo, te buscaron en todas partes y en ningún lado dieron señales de haberte visto. Byron intervino contándole al jefe el incidente con el chenco. El jefe me vio de reojo y luego dijo: ─Ángel quiere a este muchacho como se quiere a un hijo, aquí hay algo raro.

Byron volvió a intervenir: ─El chenco arregla eso hoy. No se habló más en el camino.

Ya en el Congreso Byron me ordenó que me quedara en el carro. El chofer se fue a desayunar y yo me quedé sólo. Empezó a preocuparme la expresión de Byron. ¿Qué tal si el chenco iba a actuar con el coronel, como actuó conmigo?. ─No creo que el coronel permitiera una humillación de esas, dije hacia mis adentros. En el peor de los casos, el chenco podría matar al coronel a traición, sin darle la oportunidad de defenderse y, en este caso, sería mi culpa.

Desconozco que peripecias atravesó, el coronel desde el momento que me dejó en el parqueo. Si me hubiera contado la realidad de las cosas, sin ocultarme el misterio de la muchacha, yo hubiera actuado de diferente manera; ahora estoy ahuevado porque no encuentro ninguna coartada que concuerde con lo que le dije a Byron y que éste le transmitió al chenco.

Al medio día, Byron llegó al carro y le ordenó al chofer que le diera las llaves y que se fuera a almorzar. A mí me ordenó que le acompañara. Supuse que algo andaba mal. La forma como manejaba Byron me daba la impresión que estaba nervioso. Ya nos habíamos desplazado varias cuadras y no hablaba, en tres ocasiones nos fuimos en contra de la vía, recuerdo que el chofer de un camión lo maltrató; era para bajarse y meterle las balas, pero como que no le hubiera escuchado. En una de las cuchillas que desvían de la séptima avenida hacia la avenida reforma, paró sacó un paquete de cigarros, me ofreció sin hablarme. ─No gracias, le dije. Se colocó uno en la boca y presionó un botón del carro que luego lo sacó como tizón y encendió su cigarro. Le dio un jalón y luego echando humo por la nariz me dijo: ─El chenco desconfía de vos, no le agradó que lo sustituyeras, parece que tiene problemas con Angelito. Transcurrieron varios minutos, luego volvió a decirme, ahorita que venga me va a contar algunas cosas de Angelito, es mejor si te hacés el dormido, yo les tengo mucho aprecio a los dos y por supuesto a vos. Pasate al sillón de atrás y te hacés el dormido; oigás lo que oigás, no vayás a meterte en la plática.

Hice las cosas como Byron me indicó y pocos minutos después apareció el chenco, también venía fumando. Cuando entró al carro, a saber que señas hizo, pero Byron dijo en vos alta: ─Todavía tiene sueño y cansancio de la caminada que se dio desde la Martí hasta Villa Nueva.

Tampoco sé con qué mímica el chenco le indicó a Byron que el coronel estaba despachado, lo supongo, porque Byron arrancó el carro y sin hacer cambio de velocidad aceleró a fondo, porque el motor rugió. Yo fingí despertar, Byron me hizo una mirada y luego apagó el carro y se bajó. Sacó otro cigarro y lo encendió con la chenca del anterior; caminó varios metros hacia adelante del carro y con la misma regresó, yo me bajé y le pregunté: ─¿Qué pasó?. Se mordió el labio inferior y me hizo señas que me subiera. Salimos hacia la avenida Reforma y luego después de pasar por el cine cuyo nombre es el mismo de la avenida, viramos a la izquierda y enfilamos por la avenida que lleva a al banco de Guatemala.

Cuando pasamos por la dieciocho calle yo quise romper el silencio y le pregunté al chenco: ─¿Qué te dijo el coronel?. El chenco fingió no haber escuchado. Entonces le toqué el hombro izquierdo y le dije: ─Te hice una pregunta, tengo derecho a una repuesta─. Volvió a ignorarme pero Byron intermedió: ─Patojo, el coronel está muerto─. Sacó unos lentes oscuros y se los puso. Yo sentí deseos de vaciarle la tolva completa al chenco pero por respeto a Byron me contuve. En la puerta del Congreso Byron le ordenó al chenco que se bajara y que fuera a almorzar. A mí me ordenó que me pasara otra vez al sillón del copiloto. Fuimos directamente al parqueo donde el coronel me había encomendado cuidar a la secuestrada.

Me surgió la duda, ¿Por qué Byron fue directo al lugar?, si el chenco no le dijo que ahí lo había matado. Concluyo que todo había sido organizado entre todos y premeditado entre Byron y el chenco.

El zaguán no tenía la cadena, me bajé y solo empujé las hojas para que se abrieran de par en par y Byron entró el carro; cerré de nuevo. Cuando me encaminaba hacia el espacio número 13, observé que estaban los mismos carros que había visto el día anterior. Byron se parqueó justamente a la par de la camioneta del coronel; se encaminó hacia el cuchitril donde el coronel había dejado la secuestrada y ahora lo habían dejado a él. Su cuerpo estaba embrocado sobre la canasta; tenía las piernas abiertas. La playera que cargaba era de color zapote y absorbía el color de la sangre pero se le distinguían las perforaciones en la espalda y la sangre le corrió por los brazos que estaban guindados a los costados de la canasta.

Byron, a pesar de que hacía poco rato me había dicho que quería mucho al coronel, lo bolseó, sacó la billetera y le quitó los billetes que cargaba. Me dijo que le quitara la cadena y el anillo. Me negué rotundamente y me salí del cuartucho. Me repugnó la actitud de Byron pero no podía hacer nada; ahora me había quedado más solo que nunca.
En realidad ya le había tomado mucho cariño al coronel, aunque marcó mi vida en actividades inmorales, le perdono y lo seguiré recordando como alguien especial en mi vida.

Cuando Byron salió me estaba obsequiando un manojo de billetes doblados, tampoco quise tomarlos. Entonces le dije: ─Voy a sacar un revólver que anda en la guantera, ese, él me lo había regalado para cuidarle la casa allá en Villa Nueva.

Byron vino y se me adelantó a abrir la camioneta, abrió la guantera y sacó el revólver y esculcó todos los papeles que encontró, luego me dio el revólver y me preguntó: ─¿Ya te había dado tu cédula?. ─Sí, ayer cuando me fue a traer a Villa Nueva.

─¡Vámonos!, ordenó Byron.

Corrí a abrir el zaguán y luego que salió el carro cerré las hojas de manera que se detuvieran una con la otra. Me subí al carro y fuimos de vuelta al Congreso.

Después de entrar al parqueo del congreso y darle las llaves al piloto, nos fuimos directamente al comedor. Byron comió rápido y se fue; yo supuse que a poner al tanto al jefe y al chenco.

Yo tenía demasiada hambre, no sé por qué pero tuve que pasarme otro almuerzo y como dos coca-colas más. Me sentía pura mierda de no haber hecho nada por el coronel. Tampoco sé por qué tuve la corazonada de que el coronel vendría con el hombrón del restaurante y juntos me dirían “volvió a lucir mal la bestia”.

Yo pensaba en la muchacha y en mi futuro. Ahora que ya no contaría con ningún apoyo, tendría que estar más cerca de Byron y del jefe, porque para el chenco, yo sería su próxima presa. Tendría que ser más colaborador con ellos. No tendría que poner excusas aunque tuviera necesidad. Pero por esta vez tendré que hacer una excepción, para poder salir de la secuestrada. Ahora yo soy el secuestrador y si estos malditos me descubren, terminaré como xx.

Cuando regresamos a la casa del jefe, Byron me preguntó si quería ir al velorio. Le respondí que tendría que recompensarle en algo por la posada que me daban, por lo menos hoy que lo necesitan me quedaré cuidando la casa en Villa Nueva, pero quisiera permiso para ir al entierro el día de mañana. ─Dale, yo voy a ver como cubro tu lugar, pero sí te quiero aquí pasado mañana. ─Aquí estaré temprano, le respondí y salí caminando rápido. Byron me alcanzó en el carro y fue a dejarme al trébol, en el camino me preguntó si de verdad iba para Villa Nueva. Le respondí que sí.

─Pero allá lo van a velar.

─Mejor, porque así les ayudaré aunque sea a mover las cosas, le respondí.

─Aquí las funerarias hacen todo, no es como en la chifurnia, volvió a decirme y se rió.

Después de bajarme del carro en el trébol, fui a la ante sala del cine trébol y compré cuatro panes con pollo y dos pepsi-colas. Como eran para llevármelas, tuve que pagar depósito. Busqué un taxi y nuevamente le pedí que me llevara. ─¿A dónde lo llevo?, me preguntó. ─A la dieciocho calle. Antes de bajarme le pagué tres quetzales. Caminé unas pocas cuadras viendo a todos lados, temía que el chenco me pudiera buscar para matarme. Las preguntas de Byron, también me dieron desconfianza. Busqué otro taxi para que me llevara a donde el turco. Estaba ansioso por saber de mi recomendada. Cuando llegamos también le pagué en forma rápida y caminé en otra dirección de donde estaba la casa y rodee la manzana para llegar, por aquello de las dudas, tendría que despistar.

Cuando toqué, el turco abrió de inmediato y de una vez estaba cobrando porque tuvo que comprarle toallas sanitarias que le pidió mi presa. ─Ahora comprendo su decaimiento. ─Yo le pago eso y más, agregué. ─Me debés diez pesos, pagame de una vez, dijo en vos alta. Saqué los diez quetzales y se los di.

Cuando toqué la puerta del cuarto, ella me abrió, estaba transformada. Tenía su pelo bermejo, suelto, limpio, bien peinado y brillante; sus ojos estaban vivaces.

─Buenas noches, dije.

─Buenas noches, respondió ella y cerró la puerta del cuarto y luego se sentó en una de las sillas. Yo aún no me sentaba, estaba cautivado viéndola.

─ ¿Usted fue el que me trajo a este lugar?, me preguntó.

─Sí, yo la traje aquí porque no conozco otro lugar. Saqué las aguas y las destapé en un clavo que estaba en el paral de la puerta. Le di una y saqué los panes con pollo que venían envueltos en papel manila. Ella estaba observándome de pies a cabeza. ─ ¿Por qué usted vino con la cara destapada?, todos los que me han cuidado siempre llevan un pañuelo o una media en la cara. ─Por qué yo no la tengo secuestrada, yo la traje a este lugar por su seguridad y ahora más que nunca corremos enorme peligro, le manifesté. ─Cuénteme todo, dijo ella. ─Comamos y después platicamos porque tenemos que tomar una decisión importante esta noche. Solo se tomó un par de traguitos de la gaseosa y la puso en el piso. No quiso comerse el pan. Esperaba que yo le diera pormenores de todo. ─¿Que sabe usted de mí?, Preguntó.

─Vea, a mí ayer a medio día me llevaron a trasladar una canasta de una casa a un parqueo, yo no sabía qué había dentro de la canasta, luego de que metimos la canasta a un cuartito me dijeron que me saliera, después me mandaron a buscar sueros a una farmacia y después me dieron la orden de que no dejara entrar a nadie al cuartito mientras regresaba la persona responsable, incluso, me indicaron que ni yo debía entrar, sin embargo desobedecí la orden y entré, fue cuando la vi amarrada y casi moribunda; la solté y la saqué de ese lugar, luego la llevé a comer; usted no quiso nada y después la traje aquí, eso es lo único que sé, ¡ah!, y también se que hoy mataron a la persona que me dejó cuidando que no entrara nadie al cuartito.

─¿Entonces, usted no es guerrillero?, me preguntó.

─No, tampoco los que la tenían secuestrada, le dije.

─¿Qué razón tiene que me tenga aquí?.

─La razón es que si la encuentran los que la tenían secuestrada, la matan. Además, ayer la traje aquí porque no conozco otro lugar, pero pongámonos de acuerdo, ¿A dónde quiere que la vaya a dejar?, siempre que no sea su casa.

─Tengo una tía en la zona diez, de ahí puedo llamar para que me lleguen a traer de mi casa, me propuso ella.

─Perfecto, si quiere nos vamos ahorita mismo, la única condición, es que la dejo fuera de la casa y no puedo esperar que salgan sus familiares, porque yo puedo ganarme el real del mandado, lo cual no sería justo.

─ ¿Y cómo me va a llevar?, preguntó.

─En un taxi, le respondí.

─Pero así, ¿sin vendarme?, preguntó ella.

─Es que usted, desde ayer fue liberada, si la traje aquí fue porque se sentía muy mal, no me pronunció ni una sola palabra, hasta hoy tuve el gusto de conocerle la vos, finalicé diciéndole.

Ya en el taxi, le pedí que le indicara al taxista por donde debía irse. Después de pasar por el obelisco y tomar la avenida Reforma, a la altura de la embajada de Estados Unidos, ella indicó al piloto que se desviara a la derecha, como a cuatro cuadras, en un sector muy silencioso pidió que parara. Ni siquiera fue capaz de despedirse con un adiós. Inmediatamente que bajó le pedí al taxista que me llevara a la veinte calle, donde tomaba los buses para Villa Nueva.

Me sentí decepcionado, me había expuesto tanto por ella, para que no me dijera ni adiós. Nunca espero que me agradezcan lo que hago pero este caso era especial…
Le pagué al taxista e hice como que iba para la camioneta pero me desvié hacia la tercera avenida y caminé hasta la diecisiete calle y busqué una pensión para pasar esa noche. Tenía la sensación que el chenco andaba persiguiéndome para mandarme al otro potrero.

El cuarto que me dieron era pequeño, sólo tenía una miniatura de mesa con un jarro blanco de peltre grande, lleno con agua y un vaso plástico.

Yo sabía que si el chenco, Byron o cualquiera de los miembros del equipo de seguridad que me anduvieran siguiendo, no me iba a dar oportunidad de defenderme, todos eran traidores y contradictoriamente, no perdonan la traición.

Coloqué la mesa pegada a la puerta y jalé la cama para detenerla en caso de que la quisieran abrir por la fuerza. Sin quitarme la ropa, únicamente coloqué las escuadras debajo de la almohada y me tendí en la cama, quería estar listo por cualquier cosa.

Al día siguiente, desperté casi a las ocho de la mañana. Era un tremendo ruido de carros, bocinas, acelerones y gritos de ayudantes. En forma incómoda, con una mano me mojé los ojos mientras vaciaba agua con la otra. Me sequé con las faldas de la camisa y salí a la calle. Caminé de nuevo a la veinte calle y tomé la camioneta para Villa Nueva.

Por lo que me había dicho Byron, yo esperaba encontrar la casa llena de gente y el ataúd con el cuerpo en la sala.

Serían como las nueve; todo estaba silencio. A la casa no había llegado nadie. Entré, fui hasta la cabaña de doña Martita. Todo era un rotundo silencio.

Era obvio, que de aquí en adelante, ya no podría vivir en el cuarto como lo había hecho. Decidí ir por mis cosas y regresaría otro día para entregar la llave y darle el pésame a doña Tita y agradecerle por la posada.


Capítulo XI. DIA DE FRANCO

REHÉN

─Levantate, ya es tarde; fueron la palabras del coronel que me despertaron. Me senté en la cama y le pregunté la hora al coronel. ─Son las once y media me respondió. Hicimos una pausa mientras sonreíamos, luego le pregunté:

─¿Qué sabe de Byron?

─Con él acabo de hablar, ya le dije que estas aquí conmigo; estaban preocupados por vos, dice que te buscaron como buscar un conejo y no dejaste ni rastro, fueron a los hospitales, a las cárceles y en ningún lado hallaron pistas.

Me lavé la cara, me cambié camisa y me puse las botas. Luego me coloqué las tolvas en el cincho y me camisié la escuadra. ─¿A dónde vamos a ir?, le pregunté. ─Tenés que presentarte a tu trabajo, esa fue la orden de Byron. ─Llámele y dígale que me de descanso hoy; dígale que me vine a pie hasta aquí. Se fue a llamar por teléfono a la cabaña de la mamá y luego regresó. ─Estás de franco hoy, dice que te presentés mañana a las ocho en la casa del jefe. ─Gracias coronel, yo sabía que usted me ayudaría.

─¿Me vas a decir que ese trabajo no te gusta?, me inquirió el coronel. ─La verdad, es muy aburrido, estar parado todo el día en ese maldito congreso, yo prefiero estar aquí.

─Pero aquí no pasarías de zope a gavilán, ahí podés crecer y llegar a ser alguien importante, dijo el coronel.

─También puedo convertirme en XX, en cualquier momento como anoche.
─En XX ya no, aquí está tu cédula. ─Tomate una foto y se la pegás, yo te consigo el sello.

─Pero aquí dice que nací en Loma Alta y yo soy de El Remanso.
─Eso es lo de menos, después de que recibás tu pago vas a ese Remanso de mierda y sacás otra.

La guardé en mi billetera y me la eché en la bolsa de atrás.
─Contame, ¿Cómo fue el rollo de anoche?. Puso su mano en mi espalda y empezamos a caminar hacia afuera de la casa. ─Después del congreso, ¿a dónde fueron?.
─Por lo que le escuché a Byron, fuimos a la casa del papá de una muchacha que está secuestrada, para que no pague el rescate.

─¿Y que dijo el viejo?, volvió a interrogarme.

─No sé, porque a mí me dejaron antes de ingresar en la segunda puerta. ─Como a la hora llegó Byron a decirme que tenían noticias que los secuestradores llegarían y se rempujarían plomo con nosotros.

Llegamos a la camioneta y salimos rumbo a la capital. Hubo un largo rato que no me habló en el camino, lo noté preocupado. Para no seguir a lo mudo, le empecé a contar lo del hombrón del restaurante. Pensé que le causaría risa, sin embargo como que se preocupó más. Luego en tono enojado me dijo: ─¿Sabés quién es la bestia?, y volvió a repetir; ─¿Sabés quién es la bestia?. Aquel tono inusual en el coronel, me preocupó, jamás lo había notado preocupado ni molesto. Luego, volvió a hablarme en tono fuerte. ─La bestia sos vos, no mataste a nadie, por eso se molestó con vos.

─¿Usted lo conoce pués?

─Claro que lo conozco, es el mismo demonio que llegó a reclamarte. No volvió a pronunciar ni una palabra. Leí un rótulo donde decía Calzada Roosevelt con una flecha para desviar. El coronel venía despepitado. Yo deduje que ahí era donde me había dejado el motorista. Cuando pasamos por un puente grande, también deduje que era el puente del Incienso. Íbamos para la calle Martí; efectivamente llegamos al mismísimo lugar donde se nos atravesó el bus y nos desviamos a la zona dos.

Llegamos a una casa y entramos. Caminamos frente a unos cuartos, luego subimos a un segundo nivel y después subimos a un tercero, donde solo había una pila y un cuartito como de dos por tres metros. No había nadie en ese momento pero sí habían señas de que habían hecho limpieza esa mañana. Me ordenó que bajara con él al primer nivel. Ahí tomó el teléfono y llamó muy acalorado, preguntó por la encomienda. Hizo una pausa y luego dijo: ─¡Ya subí y no ví nada!. Hizo otra pausa y ya no respondió.

Subimos de nuevo y ahora más a prisa. Llegamos nuevamente al cuartito del tercer nivel y de un estante tomó una bolsa grande hecha de lona gruesa. Luego vio atrás de la pila y quitó varias sábanas de diferentes colores, debajo estaba una canasta grande de carrizo como de un metro de alto y unos setenta centímetros de diámetro.

Sin decirme nada, abrió la boca de la bolsa y la colocó en el piso, me hizo una seña para que levantáramos la canasta y la colocáramos en la bolsa. La cerró y luego dijo: ─Echátela en la espalda y vámonos.

Él iba caminando rápido delante de mí. Yo sentía raro que el peso no era estable. Supuse que era algún animal. Rápidamente se paró en la será de la casa vio hacia todos lados y abrió la puerta trasera de la camioneta. Yo ya no aguataba el brazo izquierdo, lo traía dormido. Como él no me hablaba, tampoco me atreví a preguntarle nada.

Cuando descansé del peso de la canasta en el borde de la puerta trasera de la camioneta, se deslizó y golpeó en la defensa, escuché un pujido, me sorprendió y de inmediato miré al coronel; él se hizo el desentendido y me ayudó a colocar la canasta embolsada. Se subió a la camioneta y de un costado sacó los lazos que ya eran parte de los enseres útiles para el oficio. La amarró pegado al asiento de él; bajamos rápido, el cerró y echó llave; cosa que otras veces no había hecho.

No sé qué desorden había en la cabeza del coronel, dio un montón de vueltas, pasamos por el estadio Mateo Flores, salió a la séptima avenida, pasamos por la municipalidad, regresamos a la dieciocho calle y bajó por la estación del tren, volvimos a pasar debajo del puente olímpico, se desvió hacia la izquierda, desconozco hasta donde más fuimos pero luego volví a ubicar el cerrito del Carmen y a pocas cuadras de la calle Martí, paró frente a una pensión. Dejó encendida la camioneta y me ordenó que me quedara, que ya regresaría.

Entró a la pensión y tardó como diez minutos. Al regresar traía una llave en la mano cuyo llavero era un palo torneado parecido al mango de una sombrilla, tenía el número 13. Me la dio y me ordenó que fuera a quitar llave a un zaguán de láminas acanaladas que estaba justo enfrente de donde estaba la camioneta. Hice lo ordenado y él metió la camioneta, me volvió a ordenar que cerrara. Era un parqueo. Habían siete carros, por cierto muy viejos, bajo una galera de lámina cuyos parales eran unas reglas casi podridas. Al fondo estaba el espacio número 13 y a la par una bodeguita con una puerta hecha para enanos. Bajamos la canasta y a mí me tocó entrarla. El coronel entró casi de cuclillas y me ordenó que me fuera a la camioneta. Escuché cuando cerró la puerta. Pocos minutos después llegó apresurado a pedirme que fuera a buscar una farmacia y comprara dos sueros. Él me acompañó hasta el zaguán, me indicó que cuando regresara tocara con una piedra y que no fuera a hablar. Caminé varias cuadras y no veía ningún rótulo de farmacia. Pregunté a una señora y ésta me indicó que solo en la calle Martí encontraría. Corrí hasta la calle Martí y todavía caminé como tres cuadras en dirección al puente Belice. Me vendieron dos botes de vidrio con un líquido casi amarillento, tomé uno en cada mano y caminando rápido de regreso; diría que más corriendo que andando, me costó dar con el lugar, finalmente di porque el coronel estaba parado en el zaguán esperándome.

Sin decirme nada agarró los dos sueros y se fue corriendo. Yo me quedé cerrando el zaguán y me encaminé a la camioneta. Empecé a sentir hambre y sed. Al parecer, mi día de franco sería más agitado que los días de turno. Tenía cierto malestar por la goma. Sentía el sabor del güisqui y del caldo crudo que me había tomado en la madrugada. Empecé a cavilar sobre la interpretación del coronel con respecto a lo que me dijo el hombrón en el restaurante. ¿Por qué tendría que ser yo la bestia?. Mis posibles repuestas no estaban claras. El coronel llegó casi corriendo.
─Tenés que quedarte aquí. Escuchame bien. ¡Nadie!, ¡ni vos!, podés entrar a ese cuarto. Yo voy a regresar dentro de un rato.
─Coronel, a usted le consta que no he desayunado, ya son como las dos de la tarde y no ha habido tiempo de tomar ni agua.
─Cuando venga hablamos, ahora tengo cosas urgente que resolver. Arrancó la camioneta y salió con velocidad, casi topa en el zaguán. Se bajó a abrir, empujó con violencia las dos hojas, se volvió a subir y salió. Volvió a arrastrar las llantas al frenar repentinamente, y de igual manera aventó una hoja del zaguán mientras corría a jalar la otra. Tuvo dificultad para colocar la cadena que ataba los parales de las hojas del zaguán, luego Salió rascando llantas.

Quizá el hambre, la sed, el sueño y la goma, me hicieron vacilar. Sentí ganas de irme, no sabía para donde, pero no quería seguir aguantando hambre. Estaba molesto por la forma en que se había comportado el coronel esta vez. Además sentía cólera en mi interior porque el coronel me dijo que la bestia era yo.

Me decidí a entrar al cuarto y descubrir el misterio del coronel, al fin y al cabo ya no trabajaba para él y si me despedían, quizá me harían un gran favor.

Cuando abrí la puerta, lo primero que vi fue uno de los botes de suero a la mitad, lo agarré y me lo tomé todo. Lo sentí sabroso. Volví a regresar hacia afuera. Cuando me agaché para pasar de regreso, entre la hendidura de la puerta y el paral que la sostenía vi una cabellera rubia. Por instinto regresé y cerré la puerta.

Acostada sobre la bolsa de lona, estaba una mujer rubia, atada de pies y manos con unas cuerdas blancas. Estaba moribunda. Le recogí el pelo para verle la cara. Era una joven como entre veinte y veinticinco años, de tez blanca, nariz grande y con muchas pecas en las mejías y en la frente. Tenía los labios pálidos y retostados. Me dio mucha lástima. Le hablé, le tomé la cabeza y traté de sentarla para darle más suero. Me vio con una mirada débil, creo que estaba desmayada; le coloqué el bote de suero en la boca, le lastimé el labio inferior contra los dientes; le costó trabajo abrir la boca. Cuando la cabeza se le inclinó hacia atrás quedándole mi brazo de cuña separó los dientes de las mandíbulas y logré vaciarle un chorro de suero que casi la ahogo, pero logré hacerla reaccionar. Le salió suero por la nariz y le dio tos. Por instinto trató de limpiarse con las manos. Yo me apresuré a soltárselas. Se logró quedar sentada mientras yo la desataba. Ya libre de sus manos, sin hablarme se limpió la boca y se recogió el pelo. Miraba para todos lados. Lo que menos hacia era dirigirme la mirada. Trató de soltarse los pies. El pelo se le vino sobre la cara nuevamente. Cuando le toqué el pelo para colocárselo detrás de la oreja izquierda, me hizo una mirada ya más despierta y me señaló el bote de suero. Se lo di y observé que no tenía fuerzas para destaparlo. Se lo destapé y se lo coloqué en la boca. Se tomó varios tragos. No sé por qué en mi mente repicaba la expresión del hombrón. “Se vio mal la bestia”, era como que las repitiera varias veces. Y las mismas veces me imaginaba al coronel diciéndome, la bestia sos vos. Se me acrecentó el coraje y de inmediato le solté los pies. Tomé la canasta y la coloqué embrocada, le hice fuerzas con las manos hacia abajo para ver si resistía y sentí su macicez. Me paré y le tomé las manos para pararla. La senté en la canasta y le di mi peine para que se desenredara el pelo. Su aspecto fue cambiando. Le pregunté si tenía hambre, me hizo señas de que no pero me señaló nuevamente el bote de suero, se lo pasé y se tomó el poco que quedaba.

─¿Cómo se llama usted?, le pregunté. Me hizo una señal de decepción, no tenía deseos de hablar.

La tomé del brazo y la hice que diera un par de pasos en el pequeño espacio que teníamos. Tenía dificultad para mover las piernas. Estaba descalza y su pantalón negro de tela fina apestaba a orines impregnados.

La tomé por un costado y la saqué del cuchitril y la recosté en el primer carro que estaba. Era una volkswagen color celeste. Yo fui hasta el zaguán para ver la posibilidad de salir; descubrí que el paral de la hoja derecha estaba amarrado a otro poste con un alambre de amarre. Tenía tres amarrados. Solté el de en medio y dejé fácil de destrabar el de arriba. El de abajo me serviría de punto de apoyo para volver a amarrarlo y yo me tiraría precisamente por el mismo poste. Observé el sol y calculé que ya pasaba de las cuatro de la tarde. Ella me observaba a través de los vidrios de la camioneta. Llegué, la abracé y empezamos a caminar despacio con rumbo al zaguán. Le indiqué que la llevaría a otro lugar para que pudiéramos comer algo.

No decía nada pero tampoco era renuente. Al llegar al zaguán le dije que se detuviera en el poste mientras yo quitaba el alambre. Destrabé el alambre de arriba y con la mano izquierda detuve la hoja del zaguán para que no cayera y puse mi pie derecho en la parte de abajo para que no se me resbalara. Con la mano derecha la tomé del brazo y le ayudé a que pasara. De inmediato volví a enderezar la hoja y la até nuevamente. En forma rápida salté y abrazándola, como si hubiera sido mi novia, caminé con ella. Le puse mi gorra y caminamos hasta la calle Martí. Ahora en sentido contrario de donde caminé para encontrar la farmacia.

Llegamos a un restaurante chino de mala muerte y entramos. Busqué un rincón y nos sentamos. Ella se embrocó sobre la mesa y se agarraba el estómago.

Cuando llevaron la carta pedí dos sopas mein, una cerveza y una mineral con limón. Lo que me llevaron rápido fue la cerveza, la mineral y el limón. Le eché limón a la mineral y le unté sal en la boca de la botella. La cerveza estaba bien fría, me la empiné y le di hasta terminármela. Solo la espuma regresó por la pared interna de la botella oscura y llegó al fondo. Se me salieron las lágrimas y unas cuantas burbujas por la boca. Me pasé a lado de ella, la abracé e hice que se enderezara, luego le coloqué la mineral en la boca, se mojó los labios, entonces la agarró con su mano y se tomó varios tragos.

Llamé a la mesera y le pedí otra cerveza, me llevó otra cerveza bien fría y cuatro hojuelas de wantán, de bocas. Le hice señas a la señorita de que comiera y me respondió moviendo la cabeza en forma negativa. Agarró la mineral y volvió a tomar por sorbos. Yo tenía mucha hambre y me troné las cuatro hojuelas, supuestamente tenían un camarón envuelto. Me tomé la otra cerveza y me quedé eructando. Ya me sentía con ganas de que pasara algo.

Nos llevaron las sopas y empecé a tomármela, le agregué líquidos oscuros que habían en unas botellitas en el centro de la mesa y un poco de chile. La señorita seguía sin fuerzas y quizá sin entender lo que le pasaba. Por ratos me miraba fijamente pero era como que no me estaba viendo. Le acerqué su sopa para que la probara pero no hacía nada por comer. Me propuse terminarme solo el caldo de mi sopa y dejé la pasta de fideos en el fondo. Le di varias cucharadas y no hizo ningún gesto de satisfacción; creo que no le sentía gusto a nada.

El frío empezaba a sentirse. No sé por qué sentía tanta pena por ella. Hasta el momento no le había escuchado ninguna palabra. También se y me había olvidado el coronel. Vi hacia afuera del restaurante y observé que se empezaba a oscurecer. Fui a la caja y pagué. De paso aproveché para preguntarle al chino que me cobró, si él no conocía algún taxista para que me hiciera un viaje. ─Pol un quetzal yo hago llamada, me dijo. Le indiqué que estaba bien y le devolví un billete de cinco quetzales que me acaba de dar como vuelto. ─Espelá, yo aviso cuando venga Hetor.

Me senté a la par de ella y me miró, no sé cómo explicar la forma que lo hizo.
─ ¿Se siente mejor?, le pregunté. Tenía su mano empuñada sobre su boca y como deteniéndose la nariz. Su expresión no la pude interpretar, vi que alzo sus cejas y como que le hubieran estirado las cuencas de los ojos.

El chino de la caja llegó a decirme que ya estaba el taxista en la puerta del restaurante. La tomé del brazo y le ayude a salir de la banca, cuando estuvo de pie la abracé y la llevé hasta el taxi. Era un carrito cerrado marca Lada, cuadradito como trocito de madera con llantas. Un viejo pelón nos abrió la puerta trasera y esperó a que nos acomodáramos, luego cerró la puerta y se fue al timón.

─ ¿A dónde los llevo?, preguntó.

─A la Quinta Samayoa, por el mercadito, le respondí.

En una ocasión escuché al turco decirle esa dirección a un cliente que le llamó. Yo sabía que llegando al mercadito tendría que ubicar la casa del turco pues estaba como a dos cuadras.

No atiné por donde nos llevó el taxista, pude ubicarme hasta que ya íbamos entrando a la calzada San Juan, vi el rótulo de un gimnasio de carate, que ya había observado en otras ocasiones. Luego estuvimos en el lugar acordado con el taxista.

─ ¿Cuánto le debo?, le pregunté.

─Son diez quetzales, me indicó. Saqué mi cartera y le pagué. Caminamos despacio hasta la casa del Turco. Toqué varias veces. Era mi única carta, no tenía más a donde ir.

Yo conocía el modo del viejo cascarrabias, siempre que alguien tocaba se hacia el baboso; menos, cuando esperaba a alguien que le llegaría a pagar.
Cuando salió, no sé si realmente vaciló para conocerme; pero no quería abrir completamente la puerta. Le tendí mi mano y le dije: ─ ¡Cómo ha estado!.
─ ¿Qué querías?, no tengo trabajo para vos ni para ella, dijo en tono de alguien molesto.

─Quiero que me alquile un cuarto.

─Hoy no tengo cuarto con cama, solo que querrás dormir en el suelo.

─No importa, lo quiero como sea. Me entré jalando a la muchacha que no ponía ninguna resistencia.

Mientras el viejo trancaba la puerta, yo caminé hasta el cuarto que había usado cuando trabajé con él.

Llegó detrás de nosotros con una silla en cada mano, las entró al cuarto y luego me dijo: ─Este lo alquilo pero por mes, si querés así quedate con él.

─Me quedo con el, y para que no tenga desconfianza, se lo voy a pagar de una vez, le dije.

─Son veinte quetzales dijo. Le di cincuenta quetzales. Mientras la muchacha se acomodaba en la cama, yo caminé con el turco hacia la sala de la casa y le encomendé que me consiguiera ropa para la muchacha esa misma noche.

─Usted sabe de esas cosas, cómprele de todo y le di otro billete de cincuenta quetzales.

─Quiero que me haga otro favor; mañana quiero que me le lleve comida al cuarto. No vaya a dejar que salga para nada.

─ ¿Te la robaste entonces?, me interrumpió el viejo.

─Sí, usted me la cuida yo le voy a pagar bien; nadie sabe que está conmigo.

─Siempre y cuando pagués por adelantado, yo te ayudo, dijo, ya más amable.

─Apúrese, a conseguirme lo que le dije y tráigame una pasta y dos cepillos, le indiqué.

El turco regresó rápido, además de lo que le pedí se le alcanzó traerme un jabón de baño.

─Aquí está lo que me encargaste, ya te cumplí. Me dio una bolsa de nylon amarrada y se dio la vuelta.

─Gracias, le respondí.

Rompí la bolsa y saqué todo lo que me trajo. Era un pantalón celeste, una blusa blanca, un suéter negro y un par de chancletas. En otra bolsita venia ropa interior.
Le hablé a la joven para que fuera a bañarse y que luego se vistiera con aquella ropa.

Caminaba como sonámbula. Se bañó desnuda enfrene de mí. Cuando terminó le ayudé a entrar rápido al cuarto y le ayudé a vestirse. Su mirada perdida encima de mí me hacía sentir compasión. Ni siquiera me pasó por la mente la idea de aprovecharme de ella.

Ya vestida y peinada. Le manifesté que se miraba muy bonita. Esta vez le salió una sonrisa.

─ ¿Cómo se siente?, le pregunté. Me hizo una señal blandeando la mano derecha. Se sentó en una de las sillas mientras yo hacía lo mismo en la otra.

─Necesito que me cuente todo, yo soy su amigo, no tengo nada contra usted y quiero ayudarle pero necesito que me explique todo lo que le ha pasado.

Se me quedó viendo fijamente y de sus ojos claros brotaron enormes lágrimas. Aquel cuadro me obligó a callarme nuevamente. Después de una larga pausa la tomé del brazo y le ayudé a acomodarse en la cama. Le pedí que durmiera tranquila, que yo tendría que ir a trabajar el día siguiente, que por favor no se fuera a ir, cualquier cosa que necesitara el viejo estaba pagado por adelantado para abastecerle.

Para no molestarle en nada, tomé dos tablones que el viejo tenía en la esquina del cuarto y los acuaché en el piso y sobre ellos dormí.

A las seis de la mañana me levanté a bañarme. Hacía mucho frío pero sería otro día impredecible como todos en este oficio. Traté de no hacer ruido para no interrumpir su descanso y me fui.

Salí a la calzada San Juan, tomé una camioneta de las que venían de la Florida y me fui al trébol. En la acera, bajo una pestaña ancha del cine Trébol, me tomé un jugo de naranja con dos huevos. Busqué un taxi y le pedí una carrera. No le dije a donde iba sólo lo iba guiando a cada cierto trayecto. Para ubicarme tuve que decirle que me llevara a la calzada Aguilar Batres, fuimos hasta la fábrica de la coca-cola, lo hice que virara en u y regresamos al trébol nuevamente. Hasta ese momento me ubiqué sobre el recorrido que hacía el coronel para llegar a la casa del jefe. Le pedí que parara cuando faltaban como tres cuadras para llegar a mi destino.


Capítulo X. LUCIO MAL LA BESTIA

LA BESTIA SOS VOS!

Era mi primera experiencia, no sabía qué hacer, trataba de buscar a Byron pero no lo veía por ningún lado.

El ruido de sirenas se hizo cada vez más fuerte, no sé si eran de ambulancias o de patrullas. Me hice el tonto, me tapé bien la escuadra con la chumpa de lona y empecé a caminar hacia el bus en llamas. Entre el ruido de bocinas, acelerones de carros, motos y gritos, no me había percatado que un hombre con casco, desde su moto me indicaba que me subiera atrás de él. Yo pensé que era Byron y me subí.

Era una moto ruidosa, se enfiló por el periférico y cuando íbamos por el puente del Incienso el motorista se levantó el vidrio que le cubría el rostro y me preguntó que para donde iba. No era la vos de Byron. ─Para la calzada Roosevelt le respondí. No volvió a preguntarme nada. Entonces pensé en matarlo, hasta me toqué la escuadra. Pero luego pensé que lo dejaría a mi suerte, haber que pasaba.

Cuando llegamos al desvío de la Roosevelt, paró, apagó la moto, se quitó el casco y me dijo: ─¿Qué andás haciendo a estas horas?, deberías estar durmiendo. ─Yo ya hice lo que podía hacer por vos; que tengas feliz viaje.

Solo bajé por la curva y llegué a la calzada, caminé unos pasos y entré a un restaurante que estaba abierto. Entré y me fui al baño, después de orinar salí del baño y me senté. Esperé largo rato y no me atendían. Habían muy pocas personas.En una mesa estaban unas personas entacuchadas, recitando versos y diciendo algunas tonteras y se aplaudían solos.

Cuando apareció uno de los meseros le pedí una cerveza y algo de comer. De inmediato me llevó la cerveza, me tomé casi la mitad de un tesón.

No sé de dónde ni cómo se sentó enfrente de mí un hombre robusto de una estatura como de un metro noventa, tenía una barba como de ocho días con una mirada profunda que me causó miedo. Se me quedó viendo y luego me preguntó: ─¿Te sentís bien?. Yo solo asentí con la cabeza y no pude mantener mi mirada directa hacia él. Su pelo era corto y espeso, casi colocho. Luego cuando levanté mi mirada para verle los ojos me dijo nuevamente: “Lució mal la bestia”. Yo volví a bajar la mirada y cuando busqué la cerveza para darle otro trago, no estaba la cerveza, levanté la mirada pensando que el hombre que tenía enfrente me la había quitado, pero tampoco estaba aquel hombre.

Debo confesar que me corrió un escalofrío por todo el cuerpo, vi para todos lados y solo estaban los mismos que estaban cuando llegué. Todavía no entiendo, sigo asombrado de aquel misterioso hombre que así como llegó también desapareció de mi vista.

Cuando llegó el mesero me trajo un traste hondo con un caldo ralo, en el fondo tenía dos huevos estrellados. ─¿Cómo se llama esta comida?, le pregunté. ─ Se llama pavesa, me indicó. Cuando lo probé, no le sentí sabor. Yo intuí que el cocinero tenía sueño y estaba cansado. Llamé al mesero nuevamente y le pedí un trago. Caminó muy despacio, se escondió en la barra y luego regresó con un cuarto de güisqui en una mano y en la otra una miniatura de cubeta con hielo y un vaso de vidrio.

─ ¿Usted vio al hombrón que vino a hablarme?, le pregunté. ─No, me respondió a secas, luego dijo en tono suave. ─No he visto que venga nadie a hablar con usted. Volvió a correrme el escalofrío por todo el cuerpo. Mientras el mesero dio la vuelta para regresar hacia la cocina, destapé el cuarto de güisqui y me serví la mitad en el vaso y de inmediato me lo tomé, sinceramente tenía un sabor feo, parecía que me estaba tomando un vaso de diesel; pero no me importó, me tomé un poco de sopa y me serví la otra mitad. No sé por qué presentía que aquel hombrón volvería a llegar a la mesa donde me encontraba.

Los señores entacuchados empezaron a retirarse, uno se quedó en la mesa pagando todo y otro pasó frente a mí cuando se dirigía al baño. A su paso me saludó. Cuando regresó, lo llamé y le pregunté si él conocía al hombrón que había llegado a mi mesa. ─Vos aquí veniste solo y solo has estado. Se rio y se fue.

En la mesa donde estaban dejaron una botella de güisqui casi a la mitad. Me levanté y fui a traerla. El mesero llegó a mi mesa y me dijo que ya iban a cerrar. ─¿Qué hora es?, le pregunté. ─Son las cuatro y media, me respondió. Aquella media botella me la serví en tres partes y me tomé luego la sopa. Me paré y fui a la barra. ─Son treinta y cinco quetzales, me indicó el cajero. Pagué con un billete de cincuenta quetzales y le dije que se quedaran con el vuelto. Salí del restaurante bastante mareado.

Empecé a caminar hacia el puente del periférico pero sentí miedo de pasar debajo del puente; presentía que ahí estaría el hombrón. Los gritos de los ayudantes de los microbuses que venían de Mixco indicando que iban para la terminal de la zona cuatro me orientaron. Me crucé la calzada y esperé un buen rato hasta que oí un ayudante que indicaba que iban para la avenida Bolivar. Me monté y sentí rico el calor dentro del microbús, ya que la gente venía apretada. Me baje en la veintiuna calle y caminé a una gasolinera donde estaba arrancada una camioneta y el ayudante gritaba que iba para Villa Nueva. Me subí y me senté en el sillón de la segunda fila. Me dormí.

Desperté cuando el ayudante me habló en el parqueo. ─Hasta aquí llegamos, me dijo; mientras observaba que yo cabeceaba del sueño, luego prosiguió, ─son cincuenta centavos. ─Le pagué un quetzal. ─El vuelto es tuyo, le indiqué y salí caminando del terreno del parqueo. Caminé como seis cuadras para llegar a la casa del coronel. Entré y me fui directo al cuarto, me quité los zapatos, la gorra, la chumpa, la escuadra y las tolvas las coloqué debajo de la cama y me tendí en ella.


Capítulo IX. EL QUE REALMENTE MANDA EN EL PAÍS

CADENA DE MANDO


El sábado fue esperado por mí, como que ir a ver putas fuera un acontecimiento especial. Ir a los burdeles era lo que más me había gustado. No se por qué, pero ver a las damas bien pintadas, con apariencia de mujeres importantes, humillarse quitándose las ropas delante de mí, me hacía sentir importante.

Desde muy temprano me bañé me puse un pantalón de lona que me había regalado la mamá del coronel y me puse las botas rango. Por suerte me las puse temprano porque como a la media hora sentía dormido el pie izquierdo. No entendía por qué, pero me dolía demasiado, al extremo que chenqueaba al caminar. Las mojé y me las volví a poner, caminé de mi cuarto a la sala y cuando llegé ya no aguantaba nuevamente el pie izquierdo. Me la quité y regresé al cuarto con una bota puesta y la otra en la mano. Yo presentía que ya aparecería el coronel bocinándome en la puerta. Me senté en la cama y me quité la otra bota; tuve la curiosidad de quitarme el calcetín del pie izquierdo, luego descubrí que tenia una vena saltada en el empeine, la cual me quedaba oprimida por la bota. Me puse los mocasines y dejé las botas tiradas a medio cuarto y caminé de vuelta a la sala. Refunfuñé porque no me podía poner las botas y yo quería lucirlas. Se me ocurrió que podría echarles sebo de candela para que estiraran.

A las nueve en punto bocinó el coronel y salí de inmediato, no subí de una vez a la camioneta sino que me acerque por el lado del piloto y le dije: ─¿No va a entrar a saludar a su mamá?. El coronel me hizo una mueca indicándome que no. ─Subite, me ordenó, y yo obedecí; luego continuó: ─¿No está mala mi mamá verdad?. ─No, le respondí, yo porque he visto que ella se muere por usted y usted no ha entrado a saludarla. ─La saludo por teléfono todas las noches, prefiero de esa manera porque no soporto cuando me ve a los ojos, somos todo lo contrario. Hizo una larga pausa, entonces le interrumpí: ─¿Cómo así?. Él me aclaró: ─Ella es un ángel bueno y yo soy un ángel del demonio; cuando me ve a los ojos, sin decirme nada, me está preguntando ¿en qué andás metido? y siento obligación de contarle todo, pero sería como asesinarla a ella también, lo cual me costará doble turno en el infierno. Mientras no sepa la verdad, seguirá orando por mí e insistiéndole a su Jefe que me cuide.

Llegamos al trébol y nos desviamos hacia la calzada Roosevelt y luego se desvió hacia la izquierda; yo me desubiqué, cuando habíamos avanzado como unas ocho cuadras, atravesó un terreno descampado; cuando estábamos como a cuarenta metros de un zaguán de metal, se detuvo y apagó la camioneta.
─Escuchame bien lo que te voy a decir: ─En esta casa vive el que realmente manda el país, él me encargó un guarda espaldas, y yo te escogí a vos, no me vayas a fallar.

Me quedé pensando y luego le pregunté: ─¿ y qué tengo que hacer aquí?. ─Aquí no vas a estar solo, hay un equipo de seguridad, y el jefe del grupo se llama Byron Nájera, el coordina todas las actividades. Tenés que ser obediente y leal a él; lo que él te diga, eso tenés que hacer, no vayas a meter las patas, porque ese no perdona. Algunas veces vas a tener que hacer trabajitos como los que hacías conmigo; yo siempre voy a estar pendiente de vos, pero el que manda de ahora en adelante es Byron; ¿Está claro?, Y arrancó la camioneta. ─Coronel pero mis cosas están en su casa en Villanueva. ─Allá tenés tu cuarto siempre, podés ir cuando querrás, si no tenés llave, yo te doy la mía. ─Tengo la que me dio aquella vez ─le respondí y sonreí sólo y el me observó, luego me dijo: ─Desde hoy ya tendrás sueldo de Policía Militar Ambulante.

─Pero no tengo cédula todavía, le manifesté. ─Eso es lo de menos, mañana te saco una en la municipalidad de la capital, solo dame tu nombre completo, me dijo con autoridad.
─Filadelfo Villeda Guerra, es mi nombre le dije; ─con eso es suficiente respondió. Se parqueó en un lugar casi a un costado del zaguán y nos dirigimos hacia una puerta estrecha que estaba como a diez pasos de zaguán.

Nos abrió la puerta un hombre que tenía como tres escuadras y una ametralladora. Caminamos por un jardín donde había arbustos y luego llegamos a una puerta de madera de mucho lujo; al entrar era una sala como de cien metros cuadrados donde habían seis sillones de una cuerina gruesa. El coronel me indicó que me sentara en uno y el siguió directo a otra puerta siempre de madera preciosa. Yo observé aquella sala y vi muchos ceniceros en unas mesitas y en los descansa brazos de los sillones.

Luego regresó el coronel acompañado de un hombre alto muy bien formado que también portaba dos escuadras en la cintura. Cuando llegaron frente a mí el hombre dijo: ─Es puro patojo. El coronel se paró frente a mí y yo me paré de inmediato, ─Lepo, él es Byron, tu nuevo jefe. Yo lo observé y realmente no me agradó. ─Mucho gusto patojo, sos bien venido al equipo; lo que Angelito nos trae es bueno, aquí esperanos, después de almuerzo te voy a entregar tu equipo; por cierto, hoy vas a tener turno porque no vino el chenco. Me quedé solo por un largo rato, ya cuando era la una de la tarde, llegó el coronel con otro miembro del equipo de seguridad y nuevamente el coronel me presentó con él. Éste después de saludar me preguntó si ya me habían dado almuerzo, le indiqué que no. Sin decir nada, se levantó el chaleco de un lado y sacó un radio y desde allí le ordenó a otro compañero que me trajeran almuerzo. Me indicó que esperara y se marcharon nuevamente con el coronel.

Pocos minutos después apareció un señor de cuerpo atlético como de unos cuarenta y cinco años, me trajo el almuerzo, una escuadra y dos tolvas. ─Aquí está tu almuerzo y tu equipo y dice Byron que almorcés rápido porque vamos a salir dentro de poco. Con la rapidez que me lo dijo, también regresó por donde vino. Yo comí acelerado y me coloqué las tolvas en el cincho y la escuadra en la cintura. Ya estaba listo para salir. El coronel apareció y me indicó que ya se iba, que el lunes que entregara mi turno me fuera para Villanueva, que él llegaría para que platicáramos. Solo le asentí con la cabeza al tiempo que me daba la mano.

Atrás del Coronel venía Byron y tres pistoleros más, me hizo una señal con la mano izquierda y yo me uní al grupo, en cuanto salimos de la casa ya habían tres carros afuera. Nos subimos en el de adelante, Byron se dirigió al de en medio y esperó que saliera el otro grupo. En medio de los otro tres pistoleros venia un señor de bigote cano vestido de pantalón gris y camisa blanca. En el brazo izquierdo traía el saco.
Lo encaminaron hasta el carro de en medio y los pistoleros se dirigieron al carro ubicado atrás, Byron se ubicó junto al chofer y el jefe se colocó atrás. Había un silencio especial, al grado que yo podía escuchar la respiración de los compañeros. De inmediato salimos con bastante prisa. El chofer, igual que yo tampoco sabía par donde íbamos, el compañero que se sentó a su derecha le iba indicando para donde debía cruzar. Yo no atiné por donde andaba. Cuando nos bajamos ya fue dentro de un parqueo, Byron me ordenó que me ubicara en unas gradas cerca de un zaguán. El frío me empezó a calar hasta los huesos como a las seis de la tarde, yo no tuve más remedio que aguantármelo. Byron apareció de repente y me llevó una taza de café. Era una tapadera de termo, aunque no estaba tan caliente lo sentí sabroso. Se regresó corriendo y luego llegó con una chumpa de lona y me la dio para que me la pusiera, le di la taza y me puse la chumpa. ─Hay estás listo, cuando yo te haga señas es porque ya vamos.

Según yo, sería rápida la partida, pero esa vez fue uno de esos días en los que no dan ganas de ser guarda espaldas. Ni siquiera sabía donde estaba. Tenía bastante hambre y hasta sentía el olor a frijolitos fritos con bastante cebolla. No entendía por qué el coronel no me explicó todo antes de meterme en esto.

Sin hacer el menor ruido, Byron llegó despacito con otro pistolero. ─Patojo venite conmigo, éste te va a relevar. Caminamos por unos corredores estrechos, subimos y bajamos gradas, de repente llegamos a un comedor pequeño. Y nos sentamos en una mesa. Yo estaba sentado con la espalda hacia la puerta y Byron quedó casi en la esquina del local. Era incómodo estar viendo cada vez que entraba alguien y Byron se mosqueaba colocándose la mano en la escuadra. Me levanté y me coloqué en la silla opuesta y entonces quedamos viendo hacia la puerta los dos. ─Ese es un principio de todo guardaespaldas, nunca des la espalda, me dijo Byron.

Luego, con vos quedita me dijo: ─Este es el comedor del Congreso, aquí venimos a comer la mayoría de tiempos, el jefe es el presidente de esta mierda, él nos consigue estos vales, (me enseño un cupón) solo das uno de estos y te sirven. Tenés que aprender a comer rápido. Cuando salgamos de aquí vamos a ir a otra reunión a la zona quince, donde viven los ricos. ─Yo seguía sin entender muchas cosas. No podía creer que estaba dentro del congreso. Ni siquiera había oído hablar de ese lugar.

A las nueve en punto, salimos corriendo nuevamente hacia los carros. Esta vez, Byron me ordenó que me fuera en el carro del jefe, precisamente a la par del jefe, Byron siempre iba de copiloto y dando instrucciones por radio, tanto al carro de adelante como al de atrás.
Llegamos a una mansión donde habían pinabetes muy altos, era demasiado oscuro, había mucha neblina y bastante frío. De la neblina me di cuenta cuando íbamos en el carro porque la luz se veía cortada, del frío pude enterarme cuando Byron me indicó que debería quedarme escondido en el tronco de un árbol de pinabete ubicado como a cincuenta metros antes de llegar a la casa del empresario. Byron me entregó un galil y me bajé.

El empresario era padre de una señorita que se encontraba secuestrada por un grupo de guerrilleros. Eso lo supe mucho después. La decisión que se tomaría esa noche era sobre el pago del rescate de la secuestrada. Según Byron, el empresario estaba dispuesto a pagar la cuantiosa cantidad exigida, pero según el jefe nuestro, no era conveniente cederle terreno a los guerrilleros, porque traería consecuencias nefastas para el país.

Me quedé aguaitado en el pie de un pinabete, tenía la orden de rempujar bala a cualquier bulto que se acercara. Sentí largo el tiempo, no sabía que hora era, el frío me estaba calando hasta los huesos; tuve el tiempo necesario para observar detalladamente el arma largota que me dio Byron. ─Tengo la sensación que esta es una de las que sacó el Coronel del cofre rojo.

Añoraba el cuartito de Villa Nueva. Byron regresó con el policía de la segunda puerta, pude verlo cuando hizo ruido el pasador de la puerta, llegaron hasta donde yo estaba y se quedaron conmigo. Con voz muy quedita, me dijo que nos tiráramos a tierra, porque tenía noticias de que los secuestradores estaban rondando la casa donde estábamos y la posibilidad de que nos emboscaran era casi segura. Yo sentí alegría y deseaba que se diera un enfrentamiento. Sería la única forma de quitarme el frío y de sentirle gusto a esa forma de exponer la vida por alguien que muchas veces no vale la pena. Yo comparaba aquel trabajo con la vida de los caballos de los fiesteros, es decir aquellos caballos de algunos ricos de las aldeas que cuando iban a las fiestas de las aldeas vecinas y celebraban con tragos todo el día, dejaban el caballo enfrente de la cantina, éste, ensillado y con freno y gamarra, cansado de estar parado, lo único que hace es encoger la pata que se le ha cansado y luego con la otra hasta relajar un poco cada una.

De pronto Byron me indicó que debíamos irnos, ya los carros venían saliendo. Nos montamos y salimos con bastante velocidad, los tres carros iban casi juntos. Esta ves el carro del jefe iba hasta atrás, a mí me tocó en el primero, serviría de carne de cañón. No se por donde anduvimos, lo cierto es que era como la una o dos de la mañana cuando pude ubicarme que estabas en la calle Martí a pocas cuadras de llegar al inicio del Periférico. De repente un bus del servicio urbano salió de una avenida de la zona dos y se quedó atravesado en la calle, solo había un pick-up lleno de chunches en la palangana cuando pude percatarme, Byron abrió la puerta y salió haciendo rollos, yo quise hacer lo mismo aunque sin hacer rollos fui a detenerme en un cerco de tela metálica. Un grupo de hombres con la cara cubierta con bolsas de nylon se bajaron del bus y le prendieron fuego. Byron se fue a gatas hasta llegar al pick-up y desde ahí se sonó como a tres encapuchados. Estos lanzaron botellas con fuego hacia el pick-up donde estaba Byron. Luego de la avenida, de donde había salido el bus, salieron tres tipos con ametralladoras disparando chorros de tiros hacia el pick-up. Yo ya no vi a Byron, solo vi que los carros del jefe se tiraron el bordillo del arriate del centro de la calle y enfilaron de regreso.


Intentando Silenciar la Conciencia

Intentando Silenciar la Conciencia

De regreso a la casa, ya en Villa Nueva, paró en una tienda y me ordenó que bajáramos, entramos y sin pedir permiso atravesamos la tienda y llegamos a un corredor donde había una mesa de tablas de pino y tres sillas. Nos sentamos y el coronel pegó dos sopapos en la mesa.

Del fondo del corredor apareció un señor como de unos cuarenta y cinco años, tenía el pelo un poco largo y una barba espesa que le empezaba a canear. ─Dígame coronel, dijo el hombre. ─Traeme cuatro cutos de barrilito, ordenó el coronel. ─¿Quiere aguas para bajarlo?, preguntó el hombre de la tienda. ─No, respondió tajante.

Llevó los cuatro octavos y nos puso dos a cada uno. El coronel abrió uno y se lo empinó hasta terminarlo. Puedo asegurar que se veía más nervioso el coronel que yo. Traté de abrir uno y el tapón se atascó. ─Prestá, me dijo, lo tomó con la mano derecha y con impulso violento estrelló el codo de la mano izquierda en el tapón del octavo y suavemente lo destapó y me lo devolvió. ─Tomátelo de un solo trago, me indicó y yo obedecí.

Sentí tranquilidad. Ni él ni yo teníamos tema para conversar. Casi sincronizados destapamos el otro cuto, él se quedó viendo la boca del octavo con una mirada perdida; yo me lo tomé de un solo trago nuevamente. Seguimos en silencio largo rato, luego le pregunté: ─¿Está de goma otra vez?. Me miró, vio el octavo y luego sacudió varias veces hasta que botó unas gotas de guaro. ─No, no estoy de goma, tampoco sé que es lo que siento, no se si es tristeza, satisfacción o cargo de conciencia, por meterte en esto; lo que si se es que cada vez que hago estos extras, me pongo de esta manera. Intermedió otra pausa y luego me preguntó; ─¿Y vos, como te sentís?, ─Bien, como que no hubiera hecho nada; luego haciéndome una mirada penetrante, me volvió a preguntar: ─¿Estás consciente de lo que hiciste?. Le respondí con otra pregunta: ─¿Usted que cree?. No me respondió, se paró se metió la mano a la bolsa y sacó dos quetzales, lo puso en la mesa y nos fuimos sin decir adiós.

Cuando llegamos a la casa me indicó que me bajara y que me entrara, cuando ya estaba quitando llave me llamó y me dijo: ─El arma que está en el gavetero de tu cuarto, es tuya, podes usarla, yo te autorizo me dijo y aceleró la camioneta. ─Pero no tiene tiros, le dije. Paró nuevamente. ─¿Cómo?, me interrogó. ─Es que, su hermano se los quitó y se llevó la caja también. ─Ay te voy a traer otra caja, indicó. ─¡Gracias, coronel!, le dije a gritos para que me oyera mientras aceleraba el motor de la camioneta.

Como a las seis de la tarde, cuando la señora del refajo me llevó la cena, le pregunté que como podía hacer para ir al mercado central de la capital. Ella me dijo que al caminar tres cuadras de la casa pasaban los buses que me llevarían a la veintiuna calle y que allí podría tomar cualquier bus urbano de los que pasaban por el parque central.

Esa noche ya no me atreví a salir, pero el día siguiente a las cuatro de la tarde salí y fui al parque central. Cuando pasé por la sexta avenida, como una cuadra antes de llegar al parque central vi un rótulo que decía Calzado Rango y tenia unas botas vaqueras dibujadas. Inmediatamente al nomás bajarme caminé de regreso y fui a ver las botas. Eran preciosas, especialmente unas con punteras de metal.

Después de medirme como tres pares me decidí por unas que costaban dieciocho quetzales, eran color vino tinto. De una vez me las dejé puestas y eché los mocasines en la bolsa de nylon y me fui caminando para el mercado central.

Mientras caminaba por el portal del ejército vi una mochilas color verde olivo como las de los soldados y pregunté el precio. El vendedor me pidió treinta quetzales, sentí que era demasiado caras, luego me dijo: ─en veinte llévela. ─Te doy diez, le dije. ─En quince llevala, volvió a insistir, caminé un poco y luego replicó; ─llevala en doce pues, volví tomé la mochila y le dí diez.

Crucé la séptima calle y en el parque central frente al portal compré atol de elote y unas tostadas. Estaba corriendo brisa helada y sentí frío. Caminé hacia la séptima avenida y vi unas chumpas de lona celeste, pero eran muy caras. Me decidí por comprar dos camisas de franela cuadriculadas que estaban ofreciendo a tres quetzales cada una. Me puse una y guardé la otra en la mochila. Decidí que mejor me iría de regreso a la casa porque ya se me estaba acabando el dinero y si seguía viendo cosas terminaría quedándome hasta sin pasajes.

Llegué de regreso a Villa Nueva como a las ocho de la noche. De inmediato me dirigí a dormir a mi cuarto.

La mañana del día siguiente, cuando llegó la señora del refajo a dejarme el desayuno, me indicó que en cuanto terminara de desayunar que llegara a la cabaña porque el coronel iba a llamar y quería hablar conmigo.

Hice lo indicado y ya estando en la cabaña, la mamá del coronel me preguntó si no había escuchado ruidos cerca del cuarto como a las dos de la mañana, le respondí que no. ─Yo si, escuché como que anduviera un patacho de bestias relinchando. En ese momento llamó el coronel y habló con ella, luego me llamó para que hablara con él. Fue demasiado breve. ─¿Estás listo?, me preguntó. ─Si coronel, le respondí. Sacá el arma de la gaveta y me esperás en la puerta, me ordenó.

A las nueve y cuarto escuché el bocinazo de la camioneta; salí de inmediato y me subí por la puerta del copiloto. Creo que actué como un niño inocente que por primera vez se subía a un carro.

—¿Cómo te sentís?, me preguntó. —Muy bien coronel, tenía muchas ganas de que volviéramos a salir, le respondí. Al mismo tiempo que miraba hacia la parte de atrás de la camioneta. El coronel me observó y sonrió, luego me preguntó nuevamente; —¿Te han dejado dormir los espíritus de los muertos?. —He dormido tranquilo, ni me acuerdo que maté aquellos cristianos, le respondí. El coronel soltó una carcajada y tratando de decirme lo que la mamá le había comentado con relación a los ruidos de patachos de bestias cerca de mi cuarto. —Y vos ni los has escuchado, ja, ja, ja,ja; rió a carcajadas.

En ese platicar y reír, ni cuenta me di que habíamos entrado a una calle de Palín, era una calle estrecha con pocas casas a los lados, luego estábamos frente a una casa de campo, circulada con tela metálica y un enorme patio engramillado. El coronel detuvo la camioneta, sin apagarla, se sonrió y me vio a los ojos; —Tomá —dijo al tiempo que alargaba la mano para darme una escuadra. —Dejame la tuya, —indicó muy serio. Viéndome fijamente a los ojos me dijo: —Escuchá bien, no podes fallar en nada, vas abrir la contrapuerta y yo voy a entrar la camioneta para dar la vuelta, vos te vas directo a la puerta de la casa y tocás; va a salir un señor grande con una escuadra en la cintura; sin decirle nada, le quitás la escuadra y le decís que se entre, si no te obedece de inmediato lo matás. Ni esperé más, abrí la puerta y empujé las dos hojas hacia los lados, muy cerca de mi trasero llevaba la trompa de la camioneta, llegué a la puerta y toqué tres veces no salió nadie; el coronel me estaba viendo desde la camioneta. Volví a tocar y un joven como de mi edad asomó la cara al entreabrir la puerta. —¿Está tu papá?, le pregunté, —No; respondió el joven y cerró de inmediato. Sentí una gran presión del coronel, que me miraba a través del espejo, volví a tocar y cuando escuché que quitaban el pasador de inmediato empujé la puerta de una patada, el patojo se echó a correr al verme escuadra en mano, entré y ví acostado en la hamaca a un señor bastante grande de tamaño que trataba de pararse pero se trabó en las pitas de la orilla de la hamaca. Le acerté tres tiros en la cara y me dirigí hacia el corredor donde estaba el joven, que había llegado a la puerta, abrazando a la mamá, quien estaba amontonando el queso tierno una olla de barro. Sin decirles nada acerté como cuatro balazos a cada uno, cuando regresé a la sala, el coronel ya estaba abriendo un enorme cofre rojo de madera antigua. —¡Tomá!, me dijo, dándome un manojo de billetes y él se tomó las escuadras y un galil.

—Vámonos antes de que tengamos que matar más gente, me dijo. Salimos tranquilos hasta llegar a la camioneta y luego de arrancarla salimos despacio, todavía tuve la gentileza de cerrar la contrapuerta de la entrada y luego nos fuimos hacia Villa Nueva, a la cantina donde nos tomábamos los cutos de a tesón para eliminar la conciencia.

Como siempre, entramos sin tocar, atravesamos la tienda y nos encontramos en el corredor. Esta vez habían tres hombres muy joviales que oscilaban entre los treinta y cinco y cuarenta años. Estaban tomándose un octavo cada uno y tenían como seis octavos ya vacíos y varias tajadas de limón ya exprimidas en una paila con sal.
El coronel los saludó y se sentó en un banco de tres patas, y yo tuve que jalar una silla perezosa, de corazón de pino, que estaba afuera del corredor. Nos sentamos y no aparecía el dueño de la tienda. El coronel, con toda la confianza caminó al fondo del corredor y fue a llamar a alguien, luego regresó con un plato lleno de chicharrones calientes y traía cuatro pachos en las bolsas del pantalón y los colocó en la mesa. Yo sin decir nada tomé un octavo, lo destapé y me lo tomé y luego tomé un chicharrón y me lo comí. El coronel hizo lo mismo antes de sentarse en el banco; cuando entró el dueño de la tienda con una servilleta con tortillas en una mano. Sin decir nada sacó dos tortillas y se las dio al coronel y luego me dio dos a mí. Aquella acción no les pareció la los de la mesa vecina y empezaron a insultar al dueño de la cantina. El coronel se volvió hacia ellos y les dijo que respetaran. Se pararon y salieron. Uno regresó y colocó un billete de diez quetzales en la mesa y nuevamente se retiró. Ese día nos comimos todos los chicharrones y nos tomamos como cinco pachos cada uno, luego el coronel me ordenó que pagara yo. Saqué un billete de veinte quetzales, lo puse en la mesa y nos fuimos.

El coronel me pasó dejando a la casa y antes de irse me dijo: ─El sábado vamos a ir a ver putas, hay te alistás. Sólo sonreí y le hice la señal de adiós.
Luego que entré, me fui directo al cuarto y saqué los billetes que traía en la bolsa. Me senté en la cama y me dispuse a ordenar los billetes y contarlos. Tenía exactamente tres mil setecientos cincuenta quetzales. No lo podía creer, jamás había visto tanto dinero.

Meditando hacia mis adentros llegó a mi mente que con esa cantidad ya podría comprar algunos de los terrenos que eran de mi abuelo allá en el Remanso y con eso le curaría los enfados a Brígido. También pensé que con ese dinero podría llevar a mi mamá al médico para que le curara todas sus reumas y que le pusieran los dientes que tanta falta le hacían. Sin embargo podríamos hacer un par de tiros más y de repente saldría mucho más que esa cantidad. Pero luego reafirmé mi mentalidad; ─yo regresaré al El Remanso hasta que pueda comprar todos los terrenos de mi abuelo.


Una Analogía Hipotética muy Real

Una Analogía Hipotética muy Real


Un Artículo que recién leo me a enseñado un nuevo término: “NEFELIBATAS” o “personas que caminan por las nubes” según la RAE. Actualmente la mayor parte de la población mundial somos Nefelibatas Digitales, en el sentido que caminamos por las nubes de Flickr, Dropbox, facebook, Twitter, Google, Wikipedia, eduar2.com, en fin la www en general.

Hemos hecho grandes esfuerzos para poder adquirir los dispositivos (PCs, tablets o smartphones) siendo estos el medio de transporte que nos lleva a las nubes. También nos esforzamos por pagar a los ISP (Proveedores del Servicio de Internet) para que podamos circular por los caminos que en cuestión de segundos nos llevan de un continente a otro; y todo este sacrificio lo hacemos para volver a sentir esa sensación de libertad del que casi nos olvidamos y que dejó de existir en nuestra realidad, porque así trabajamos, porque así comercializamos, porque así intentamos tener una vida mejor o porque deseamos compartir información con una o dos personas e incluso con todo aquel que la necesite.

Las potencias mundiales, temerosas de perder su poderío, han demostrado un alto grado de Esquizofrenia Paranoide (Su actitud psíquica se caracteriza por el egocentrismo y el aislamiento, ideas delirantes de persecución y trastornos de la percepción en la que oyen voces o Críticas), estado que los indujo a iniciar el proceso antidemocrático del Gobierno de Internet.

El Proceso inicia con un filtrado de información, el internet nos muestra lo que ellos creen que nosotros debemos ver, y nos oculta lo que queremos saber, por la simple razón de que saldríamos de nuestras culturas de inocencia e ignorancia, pues la información es poder.

Al no encontrar la información buscada en internet nos vemos obligados a buscar las respuestas por nuestros propios métodos, Superando de esta forma el filtrado.

Ya no les basta con solo Ocultar la información, desean levantar muros en las nubes que impidan que compartamos contenidos, con ese objetivo empiezan a inventar un sin fin de artimañas supuestamente basadas en la protección de la propiedad intelectual (PIPA) y la piratería online (SOPA) cuya interpretación es muy ambigua y de un momento a otro la cambiarán a conveniencia.

Según Wikipedia El origen de la palabra Piratería es el siguinte:
Etimología
Según algunos autores, la voz pirata viene del latín pirāta, que por su parte procedería del griego πειρατης (peiratés) compuesta por πειρα, -ας (peira), que significa ‘prueba’; a su vez deriva del verbo πειραω (peiraoo), que significa ‘esforzarse’, ‘tratar de’, ‘intentar la fortuna en las aventuras’.

Y si un día aprueban PIPA y SOPA e interpretan piratería basados en el párrafo anterior.
Y si me aplican su ley, por ‘probar’,
y si un día te aplican su ley, por ‘esforzarte’,
y si un día les aplican, su ley por ‘tratar’

Acaso no todos intentamos hacer ‘fortuna’ y que mejor si lo hacemos una ‘aventura’.

Por tanto Edaur2.com en pro de la Libertad Alternativa manifiesta su total rechazo a los proyectos de ley PIPA, SOPA, ACTA y todas aquellas leyes que intenten suprimir nuestra libertad de expresión e irrumpen en nuestra privacidad.


Mi Primer Salario

MI PRIMER SALARIO

Transcurrieron varios días. Yo esperaba que el próximo sábado llegara el coronel para salir otra vez. No podía borrar de mi mente a la dama del bar y por supuesto tenía presente el sabor de las cervezas.

Un martes por la tarde apareció el coronel en una camioneta oscura. No se si era corinta o café oscuro, el color daba la apariencia de caja de muerto. Yo estaba abonando unos rosales del jardín cuando pasó apurado para la cabaña de la mamá y me dijo: ─Alistate, vas a ir a hacer un mandado conmigo. Yo aguardé los instrumentos que estaba usando, medio me lavé la cara, me cambie camisa y me puse los mocasines y me peiné con los dedos y cuando salí de mi cuarto el coronel ya estaba afuera esperándome. ─Subite, me ordenó, y yo de inmediato subí por la puerta del copiloto.

Atrás de los sillones había una maya doble. ─Ponete esto, me indicó al momento que me daba un camisa verde olivo y una gorra del mimos color. Obedientemente, hice lo que me indicó. ─¿Ya has disparado alguna vez?, me preguntó. ─No, le respondí. ─Abrí la guantera, me volvió ordenar. La abrí y vi que habían tres escuadras con sus tolvas; eran parecidas, casi idénticas, lo único que las diferenciaba eran los adornos que tenían en las cachas. ─Sacá una y le pones la tolva. Lo hice, me la pidió y teniendo el timón con las muñecas, la rastrilló y le puso seguro.- Ponétela en la cintura.

Yo me sentí alegre, me sentía un héroe; ni siquiera me había percatado por donde íbamos, por ir imaginando como nos enfrentaríamos a los malos; de repente observé un lago. Mi inocencia, al quedarme viendo el lago la captó el coronel. ─¿Ya conocías el lago de Amatitlán?. ─No, respondí de inmediato y seguía viendo las lanchas que surcaban a medio lago. Viajamos bastante rato, creo que ya habíamos rodeado más de la mitad del lago cuando se detuvo frente a una puerta de trancas. ─Bajate y quitás las trancas. Deseando quedar bien con él, hacía todo de inmediato. Observé que no era el mismo coronel alegre que había andado conmigo el día que fuimos a chupar. ─Dejá abierto, dijo con voz más fuerte. Obedecí y volví a subirme a la camioneta. Pude ver hacia la parte de atrás de la camioneta a través de la maya y observé a dos hombres de cuclillas amarrados hacia un tubo que tenía la camioneta en la parte superior. Traían vendados los ojos y la boca tapada.

La camioneta se zangoloteaba a medida que íbamos ascendiendo por un bosque. Por donde íbamos no era carretera sino una especia de camino de bueyes con muchas zanjas, producto de los deslaves que causa el invierno. Llegando a la cumbre, habían dos árboles separados por unos cuatro metros. La sima era receca, a diferencia del verde esperanza de sus laderas . Dio la vuelta y colocó la puerta de atrás de la camioneta casi topada a uno de los árboles. Sin apagar el motor, me ordenó que bajara y él también lo hizo.

Ambos nos encontramos frente a la puerta trasera. Sacó su escuadra y la rastrilló. Me hizo señas de que le diera la que yo llevaba en la cintura. Sin decirme nada, al tomarla, le movió nuevamente el seguro y me la devolvió. Se paró con un pie adelante y apuntó hacia otro árbol que estaba como a treinta metros de distancia y disparó tres tiros que pegaron en el tronco del árbol. ─¿Te fijaste bien?. ─Si, le respondí. ─Dale pues. Disparé como seis balas sin sentir y ni uno pegó en el árbol. Sin decirme nada, el coronel abrió la puerta de la camioneta, entró y soltó a uno de los hombres y se lo trajo jalado, lo paró pegado al árbol y lo amarró con un lazo grueso que sacó de la camioneta, luego regresó e hizo lo mismos con el otro hombre. Ellos solo pujaban tratando de vociferar pero no se les entendía nada. ─Son tuyos, te espero en la puerta de trancas, dijo en forma apurada subiéndose a la camioneta y se fue.

Realmente, no le entendí el mensaje porque no me dio explicaciones claras. Yo estaba como a un metros de uno de los amarrados y no sabía que hacer. Pensé en quitarle la venda al que tenía más cerca, que por cierto era el más joven, y preguntarle por qué el coronel los había traído hasta aquí, pero también pensé en bajar a preguntarle al coronel sobre ¿qué debía entender? cuando me dijo son tuyos. Tal vez quiso decirme que los matara o quizás, que los suelte para que se vayan.

Empecé a caminar hacia abajo para ir a preguntarle al coronel qué debería hacer. Ya había bajado como unos trescientos metros cuando algo se me vino a la mente, la maldición del asesino repicó en mi mente y paré. Titubeé, estuve indeciso un instante. ─Si el me dio esta escuadra y me enseñó como dispararla, es para que los mate. Sin pensarlo di la vuelta y corrí de regreso a donde estaban.

El instinto de sobrevivencia les había indicado que se habían quedado solos. Estaban tratando de soltarse. Llegué tan cerca del más viejo que pude sentir el olor de sus orines recién salidos de la vejiga. Le solté el pañuelo de la boca y pude observar que tenía los labios resecos, trataba de humedecérselos con la lengua pero esta se le pegaba en los labios y en los ángulos de la boca se le formaba unas pequeñas bolas de espuma seca. No sabía que decirle cuando él con una vos temblorosa imploró: ─No, nos mate, no debemos nada, se que ustedes solo reciben órdenes y no investigan, pero deberían de hacerlo, nosotros no tenemos la culpa de ser indios, déjenos ir, se lo suplico. La vos se le quebró y ya no le entendí lo que decía, supuse que estaba suplicándole a Dios.

Me dio lástima y también se me encogió el mentón y se me salieron las lágrimas. Nuevamente empecé a caminar hacia abajo. Me sentía hecho desgracia en mi interior. No tenía razones para matarlos. No me debían nada ni siquiera sabía quienes eran. Me di cuenta que yo también tenia seca la boca cuando traté de humedecerme los labios, la lengua se me pegó en el paladar y me dio miedo.

Quizás llevaría cien metros cuando nuevamente algo externo, desconocido en mi actuar, me hizo volver a verlos y sin sentir volví a pensar, ahora lleno de coraje, ¡si me dio el arma, es para matarlos! y en un santiamén estuve de regreso frente a los condenados y sin meditar le puse la escuadra en el pecho al más viejo. Ahora estaba más tranquilo él y también yo.

─Si tiene que cumplir ordenes, máteme a mí, pero no a mi hijo, yo ya viví pero el empieza y no debe pagar por mi culpa. ─Su único delito es ser hijo mío, andar conmigo ahora que ya estoy viejo mientras le doy consejos para que sepa defenderse en su vida. ─Yo no sé si usted tiene papá y él le ha dado consejos o si simplemente es un huérfano que no conoce a Dios, que no entiende nada, “una simple bestia!”.

Hizo una pausa no se cuanto tiempo y luego prosiguió. ─Ustedes, los militares, no son hombres cabales, tienen llena de mierda la cabeza, ustedes no entienden razones, jamás entenderán las necesidades de nosotros los pobres; ustedes son mozos de los ricos. ─A ustedes los engañan haciéndoles fiestas en su honor, mientras se les critican sus atrocidades. ─Ustedes jamás tendrán dignidad, por una mierda botella de guaro que les dan lo matan a uno; ustedes son hijos de putas cobar…

─No lo deje terminar la palabra y le disparé en el oído derecho. Luego le di otros dos plomazos en la cara y me volví hacia el otro. El tufo a sangre caliente se sintió fuerte. Sin pensar más le disparé todos los tiros que me quedaban en la tolva, fueron como tres o cuatro, me coloque la escuadra en la cintura y los solté, enrollé el lazo y me lo puse en el hombro y empecé a caminar con mi mente tranquila, aunque la carne de mis piernas tenían un temblor involuntario.

Quizás había caminado como quinientos metros cuando venía el coronel en la camioneta. ─Meté los lazos atrás, dijo sonriente. Metí los lazos por la puerta trasera y la cerré con fuerza. Algo me indicaba que había hecho lo que el coronel quería. Me subí y en vez de dar la vuelta en ese lugar, siguió ascendiendo hasta que llegó a supervisar mi trabajo.

Llegamos a donde yacían aquellos infelices. El se acercó a ellos y esculcó las bolsas del pantalón del más viejo; sacó una cartera de cuero de coche, que cuando nueva quizás fue blanca, ahora estaba gastada y curtida de sudor. Tenía dos cintas del mismo cuero, similares a dos cordones de zapatos envueltas para asegurar que no se abriera. ─Sacále el pisto, me ordenó. Tenía una cédula de ciudadanía y sesenta quetzales en billetes de veinte. Hizo lo mismo con el joven pero este no tenía nada en las bolsas. ─¿Cuánto dinero hay? ─Sesenta quetzales, le respondí. ─Eso es tu pago de este mes, me indicó; luego regresó a observar el cadáver del viejo y me preguntó: ─¿Por qué no tiene el pañuelo en la boca?. ─ Lo dejé que se encomendara a su Dios antes de matarlo, le respondí. ─Nunca hagás eso, un muerto en vida, como venían esos, son capaces de convencerlo a uno de que los deje ir, y te conmueven tanto que sos capaz de aceptar. Hizo una pausa y luego continúo diciendo. ─En ese estado no saben lo que dicen, sin sentir arman un dialogo ente el bien y el mal y cualquiera de los dos te puede convencer y ese puede ser tu final, porque el instinto de conservación de la vida les hace actuar y uno puede ser el muerto, finalizó.

No se por qué me sentía tan bien de lo que había hecho, quizá por la satisfacción que el coronel reflejaba en su sonrisa diabólica, entonces envalentonado le dije: ─No se preocupe coronel, primero le puse el cañón en el oído y luego le solté el pañuelo para que hablara y descargara la ira y la incapacidad que le agobiaba. La sonrisa del coronel y un movimiento de cejas, me motivó a seguir hablando: ─Sentí tan rico que me maltratara porque con todo gusto le solté los pepitazos, si no me hubiera maltratado quizás no me hubiera sentido satisfecho. Soltó en risa el coronel. Su risa fue idéntica a aquella cuando le dije que el cebiche se miraba asqueroso pero que era rico…


La Goma del Coronel

LA GOMA DEL CORONEL

El resto de la semana se me hizo largo. Pero llegó el sábado y cabal, a las nueve treinta de la mañana, estaba el coronel bocinado en la puerta de la casa. Cuando salí a abrir, ni siquiera se bajó del carro. ─Cerrá la puerta, ¡veníte!, me dijo. Yo obedecí y me subí en aquel carrón oscuro, de apariencia humilde por fuera, que no llamaba la atención de nadie pero cuando íbamos por la cuesta de Villa Lobos aquel carrón en vez de desmayar tomaba más velocidad que cualquier cualquier carro nuevo. Me sentía importante a la par del coronel.

Cuando íbamos llegando al trébol, se desvió hacia la derecha dimos media vuelta y pasamos por debajo del puente. A poca distancia se desvió a la derecha nuevamente y tomó la calzada San Juan. Entonces me preguntó si conocía para donde íbamos. Le respondí que no. Llegamos a la cebichería “El Calamar”, parqueó el carro y entramos. Nos sentamos en unos sillones de lujo y de inmediato llegó una jovencita bien atractiva a atendernos. Saludó al coronel y le preguntó que le servía.─Dos cervezas y dos cebiches grandes de Concha, le indicó.

Yo jamás había probado ninguna de las dos cosas. Pensaba y repensaba como hacía para decirle que no quería. Pero si estaba dedicando ese día a andar conmigo, sonaría como a mal agradecido decirle que no quería. Primero llevaron dos cervezas bien heladas, se podía observar sobre el embase la escacha de hielo. El coronel hizo una expresión de satisfacción al ver las cervezas, tomó la que le pusieron más cerca, ─¡Salud!, dijo topando la boca de la botella que el tomó con la que me correspondía a mí. Yo no sabía que era eso y no contesté nada. De un solo tesón se la acabó; de inmediato, involuntariamente los gases del estomago se hicieron aflorar mediante un largo eructo. ─Ya la necesitaba, manifestó. ─Ando con una goma horrible, añadió.

Yo temía que no me gustaría la cerveza pero la forma en que se la tomó el coronel me motivó y me la empiné, casi me tomé la mitad y también la sentí sabrosa. ─Sos cabrón para tomar, ya habías tomado antes verdad?, me dijo. ─No, es la primera vez, le respondí. ─Entonces tomátelas despacio, me indicó.

Como que lo hubieran estado vigilando, de inmediato llegó nuevamente la misma señorita y le sirvió otra cerveza en un vaso de barro bien helado. Esta vez ya no se la tomó tan rápido, cada trago lo saboreaba con gran deleite que a mí me seguía motivando y me tomé el resto de mi cerveza.

Cuando la mesera nos llevó los cebiches, también llevaron un traste con bastante limón y por aparte otro recipiente con chile, un bote plástico con salsa dulce y unos paquetitos de galletas. El cebiche parecía lodo chuco pero el olor a hierbabuena y cebolla se me hacían familiar. Después de observar como lo preparó el coronel con limón, chile y salsa dulce, hice lo mismo con el mío y probé la primera cucharada. ─¿Qué tal?, interrogó el coronel. ─Se ve asqueroso, pero tiene buen sabor, le respondí. Mi expresión le causó mucha risa.

Al tiempo que se comía el cebiche le brotaban enorme cantidad de gotas de sudor en toda la frente. Hizo una señal con los dedos índice y medio de la mano derecha y la mesera de inmediato llevó otras dos cervezas. ─¿Qué tal el cebiche?, preguntó ella. Soltó la carcajada y se dirigió a mí. ─Decile igual como me dijiste a mí, dijo el coronel. Yo solo sonreí con la mesera y luego el coronel dijo: ─Dice el patojo que se ve feo pero que es rico, y siguió riendo solo. Luego volvió a decir: ─Éste, como que te vio el culo. No pudo parar la risa.

La mesera se puso seria y dirigiéndose al coronel, expresó: ─El hecho de que sea coronel no le da ninguna potestad de burlarse de mí. Podré ser mesera pero honrada, no la mierda que usted cree, tampoco soy igual que usted, chafarote ¡hijo de la gran púta!. Tiró un trapo mojado sobre la mesa y se fue a la cocina.

Al coronel se le fue la risa, el rostro le cambió y el sudor se hizo visible en su camisa. Se terminó el cebiche y repitió la acción de la primera cerveza. ─Tomate la tuya, me ordenó y se levantó, se encaminó al baño y al rato regresó con el pelo mojado. Se aproximó a la barra y preguntó cuanto debía.

Un viejo pelón limpiándose las manos en la gabacha salió de la cocina y como todo propietario de restaurante, hacía una y otra reverencia al coronel. ─Aquí no me debe nada coronel, es un placer atenderle, disculpe el incidente, pero no volverá a suceder coronel, esta patoja es nueva, disculpela coronel. ─¿quiere otro cebiche?, yo se lo sirvo coronel; aquí usted es bien venido siempre, cuando quiera venga coronel.

De tantas labias del dueño, hasta yo sentí repugnancia por todas las disculpas sin razón. El coronel no le contestó, le tiró unos billetes en las patas cuando salíamos y nos dirigimos al carro.

Al momento de arrancar el carro, hizo rugir el motor acelerándolo, salió con mucha violencia y nos condujimos nuevamente por la calzada San Juan dirigiéndonos hacia la colonia primero de julio. Llegamos a una casa color azul oscuro, sobre la puerta un letrero donde se leía, “Bar La Tortuga”. Nos bajamos y entramos levantando una cortina color mostaza de tela muy gruesa, adentro era una sala bastante amplia como de unos ocho metros de ancho y un poco más de largo. Habían pocas mesas desocupadas y bastantes ocupadas. En un rincón, en un sillón de cuerina color café, estaban seis mujeres, unas bien pintadas y otras arreglándose; daban la impresión que acababan de levantarse.

El coronel entró alegre, ya se le había olvidado el incidente de la cebichería, se fue directo a donde estaban esas mujeres, yo le seguí pero justo antes de llegar donde ellas estaban me detuve; abrazó dos, una con cada brazo y se las trajo hacia donde yo estaba parado. ─¿Cuál te gusta más?, me preguntó. Yo miraba a las dos y luego le señale a las más blanca con pelo rizado. Vi que él le dijo algo al oído y ella sonrió, me abrazó y me llevo hacia un cuarto pequeño. Lo único visible dentro del cuarto era una cama pequeña y un volcán de ropas desordenadas.

Cuando salí, como a los quince minutos, el coronel no estaba. Regresé al cuarto de la dama que se había acostado conmigo y le pregunté si el coronel le había dicho algo especial cuando le habló al oído. ─ Me recomendó que te tratara bien, como lo hice, que él me pagaría. ─Pero el no está, le dije un poco preocupado. ─No tengas pena, ya va regresar, siempre se lleva a la morena por una hora y luego la trae y sigue chupando. Aquella explicación me tranquilizó y fui a sentarme a un sillón donde casi me hundí.

Pasado un largo rato salió bien bañada la dama que se había acostado conmigo y me llevó una cerveza con un jugo. A decir verdad, yo tenía mucha sed, estaba nervioso porque el coronel no llegaba. Ella se tomó un buen trago y luego vertió parte del jugo en la cerveza y me dijo que me la tomara. Me la terminé de dos tragos, ahora la sentí más dulce. Volvió a llegar la dama y me llevó otra cerveza. Y me dejó solo mientras fue a preparar unas enchiladas para bocas. Ahora la cerveza me la fui tomando más despacio. Las enchiladas que me llevó me cayeron justo a tiempo, porque tenía hambre, y las cervezas empezaban a embolarme. Le pregunté a la dama que como cuánto debía hasta ese momento. ─Son dieciocho quetzales, me indicó. Recordé que tenía el billete de veinte quetzales en la bolsa se lo di a ella. Salí a la calle y di un par de vueltas a la cuadra esperando que llegara el carro del coronel y que con el aire se me pasara la bolina.

Como a las dos de la tarde apareció el coronel y entró presuroso al bar. Yo lo estaba observando desde el otro lado de la calle, poco tardó dentro y de inmediato salió con una escuadra en la mano y otra en la cintura y veía para todos lados, entonces me acerqué al carro y cuando me vio se puso muy contento y llegó a abrazarme. ─¡Subíte, vámonos!, y de nuevo fue a dejarme a Villanueva.

En el sillón de atrás iba, más dormida que despierta la morena, la prostituta que el se había llevado. Me dejó afuera de la casa, no se bajó, sólo sacó una llave de la guantera del carro y me la dio. ─Vengo cualquier rato, me dijo y se fue. Entré y directamente me fui al cuarto. Me bañe para que me pasara la media bolina que llevaba. Luego me acosté pensando que para la hora de la cena ya estuviera bueno.

Cuando desperté, tenía bastante hambre y un poco e sed. Empecé a ubicar donde estaba. Por un momento pensé que estaba en el bar con la dama pero al tocar a los lados no había nadie. Me senté en la cama, todavía sentía cierto grado de bolina, luego me paré y ubiqué la ventana y el gavetero. Recordé que el coronel me había llevado a Villanueva, al parecer ya todos dormían. Busque el radio y lo encendí esperando oír la hora pero estaban transmitiendo un partido entre Comunicaciones y el equipo del ingenio palo gordo. Me puse los zapatos y salí al corredor para ver si estaban despiertas las señoras. Cuando prendí la luz del corredor vi que en una silla perezosa estaba una canasta tapada con una servilleta y a la par una cafetera. Destapé lo que había en la canasta y era mi cena. Estaba fría y el café también, pero era lo que había y me comí todo. Escuché radio un rato y luego me acosté nuevamente.


EL CORONEL

EL CORONEL

No tenía ningún pariente a quien buscar en la capital. Donde el Turco hay trabajo pero de gratis y todavía quedarle debiendo, no tiene cuenta, ─me dije hacia mi interior─.

Salí a una calle donde pasaban bastantes carros, miré hacia todos lados y no sabía para donde dirigirme. En ese instante pasaba un comando del ejército lleno de soldados. Me vino a la mente, que ese sería un buen trabajo para no regresar con la cola entre la patas a El Remanso. Empecé a caminar en la dirección que llevaba el comando y me fui largo rato, pasé bajo puentes, crucé varias veces la calle de doble vía y seguí; pasé frente a unos arcos coloniales y seguí todavía más, hasta que encontré unos jardineros limpiando los arriates entre las calles, me acerqué para preguntarles cómo conseguir trabajo ahí con ellos. Uno que era más platicador, dejó de trabajar y se acercó hacia mí, sin verme la cara y afilando su colima, disimuladamente sin que se diera cuenta el caporal, me dijo: ─Aquí, Solo que tengás algún cuate en el sindicato de la muni te dan chance, si no, es de más.

Recordé que Salomón Monroy, otro señor de El Remanso, cuando llegaba a pasear, para el día de todos los santos y día de finados, siempre llegaba a quitarse el pelo a donde Manuel Sandoval, el hermano mayor de Moy. Ahí le escuché contar varias veces que trabajaba de encargado en la terminal de abastos pero, ¿cómo lo encontraría?. No sabía qué hacer. Luego el jardinero me dijo: ─Andate aquí recto, señalándome con la colima, ésta, es la avenida Reforma, no vayas a cruzar para ningún lado, cuando llegues al gancho, donde está el cine, seguís la curva para caer a la séptima avenida, de ahí se mira la municipalidad, entrá y pedí hablar con el secretario del sindicato, de repente te dan trabajo; uno nunca sabe cuál es su suerte.

Hice lo que me indicó pero cuando observé a unos soldados a fuera del castillo que cuidaban; arriba de un portón negro se leía, GUARDIA DE HONOR, me arrimé al portón y le dije al soldado que cuidaba, que yo quería servir, que cómo se hacía para que me recibieran. “─Aquí no aceptan pachuques vos, respondió el soldadito, ─esperá que te agarren y vas a hacer tus seis meses a la montaña”.

En ese momento se abrió el portón para que saliera un Jeep, de esos destapados; rápido el soldadito saludó al tipo que lo traía diciéndole “Mi Coronel”, el del jeep se me quedó viendo un rato. ─¿A quién buscás patojo?, me dijo. ─A nadie, le respondí. ─Busco trabajo pero no encuentro, “Coronel” agregué. ─Subite yo te voy a dar trabajo, me respondió. No me quedó más que subirme al Jeep y esperar lo que pasara…

Eran como las diez de la mañana cuando paró el Jeep frente a una casa con una amplia verja y se bajo el coronel, ─Venite conmigo patojo, ─me dijo. De inmediato bajé del jeep y empecé a caminar detrás de él. Abrió la puerta y entramos por una enorme sala llena de muebles, muchos títulos en las paredes y de cuadros de pinturas preciosas. Al salir por la otra puerta había un corredor en forma de media luna muy grande y un jardín lleno de plantas que adornaban. Cuando llegamos a la mitad de la media luna, entre la grama estaban encajados unos cuadros de cemento que hacían un camino que conducía a una cabaña muy bonita que estaba como a cincuenta metros. El coronel se desvió por ese camino, yo me quedé parado. ─Venite, dijo el coronel y yo le seguí hasta la cabaña. Tocó suave y salió una señora vestida con refajo, ─pase delante coronel, dijo la señora. ─¿Cómo está mi mamá?, preguntó el coronel. ─Está muy bien, manifestó ella al tiempo que salía de un cuartito una anciana como de setenta años. ─¡Trajiste al niño! dijo la señora.

El coronel se rió y luego dijo: ─Sabía, que te ibas a confundir. ─Entonces ¿Quién es este?, preguntó nuevamente la anciana. ─El es el que va a quedarse aquí con ustedes, el que las va a cuidar; dijo nuevamente el coronel. ─¿Y cómo se llama?, preguntó nuevamente la anciana. ─¿Cómo te llamás?, me preguntó en vos baja el coronel.
─Filadelfo Villeda Guerra, para servirle, contesté en vos baja, también.
─Se llama Filadelfo, dijo el coronel, ahora en vos alta, al tiempo que me palmeaba la espalda. ─Disculpá que no te dije nada en todo el camino, sobre el trabajo, yo tenía la sensación que mi mamá te iba a confundir con un mi hijo que ahora vive en México, pero quería estar seguro, luego de una pausa, prosiguió; ─Tu trabajo aquí va a consistir en limpiar el jardín, podar la grama y desmochar los árboles. También vas estar pendiente de recibir la comida que traen todos los días unos soldados. Vienen a las nueve, a las doce y a las cinco. ─Aquí te van a dar la comida a vos también, yo vengo cualquier rato y te explico que más vas ir haciendo. Se metió la mano a la bolsa del pantalón, sacó su cartera y luego extrajo un billete de veinte quetzales y me lo dio. ─Cualquier problema se lo comunicás a mi mamá o a la señora, ellas me pasan el norte. ─¿Está claro?, me preguntó el coronel. ─Sí señor, dije de inmediato, pero no tengo machete, le aclaré. ─Allí están, dijo el coronel, señalando una bodega que estaba a su izquierda. ─Gracias Señor, dije.

Lo encaminé hasta la puerta de la calle y al nomás salir a donde estaba el jeep me sentenció: ─¡Cuidado con cometer errores porque te busco hasta debajo de las piedras y te mato!.
“te mato, te mato, te mato”…Aquellas palabras resonaron mucho tiempo en mi memoria.

El trabajo encomendado no era nada nuevo para mí, tomé una colima grande y una lima de tres cantos y le saqué buen filo y empecé a limpiar el jardín. Sentí fácil el trabajo que estaba haciendo, amontoné todo el monte y con una parigüela, que estaba en la bodega, lo fui a tirar a un lugar descampado para quemarlo. Poco rato había transcurrido cuando tocaron a la puerta, yo fui a abrir y era la comida que llevaban unos señores con uniforme caqui y con birrete, llevaron una especie de caja de vidrio bien cerrada, con varias cajitas del mismo material, bien ordenadas. La recibí, le firme una hoja que llevaba en una tabla y se fueron de inmediato. Yo se las llevé a las señoras de la cabaña. Ella se me quedaba viendo de pies a cabeza y yo no sabía que decirle. Luego ella rompió el hielo y dijo: ─No se por qué Ángel quiere confundirme, me dice que te llamás Filadelfo, como que yo no te hubiera criado, si te conozco como la palma de mi mano.

─ No sabía que decirle, cuando terció la señora de refajo, ─Si, don coronel dice que se llama Filandelfio, Filandelfio se llama, y no lo es su nieto.
La señora no comía por seguirme viendo y yo no sabía como empezar a comer, me sentía maneado al ver tanto instrumento, tantos platos y vasos en aquella mesa.
─¡Comé, sin vergüenza!, me dijo al momento que se reía, tomá caldo primero y luego te servís carne y verdura. Seguí las indicaciones que la doña me dio, estaba lleno de nervios. Tenía tanta hambre que me hubiera comido unas seis tortillas, pero el nerviosismo me impedía y solo me comí dos con el tazón de caldo y un pedacito de carne, bien suave, mientras la señora se levantó y se dirigió al teléfono, tardó esperando que le contestaran y luego, en tono de enojo dijo: ─¿Por qué permitís que Ángel lo ponga a trabajar y que lo saque en esas fachas?. Hizo una larga pausa y volvió a expresar en tono más fuerte. ─Si lo vieras con la ropa que anda. Hizo otra larga pausa y de repente volvió la mirada dirigiéndose hacia mí. Yo bajé la mirada y no sabía si levantarme de la mesa o esperarla que llegara a comer. Como que me hubiera leído el pensamiento, con la mano izquierda tapó el auricular del teléfono, mientras seguía escuchando, me dijo:
─¡Ahí me esperás hasta que yo coma!
Yo no contesté, temiendo interrumpirle su conversación. La señora del refajo me regaló una sonrisa dulce y una mirada llena de malicia.
Me sentí más confundido todavía. El tono fuerte de la anciana me hizo reaccionar cuando dijo: ─¡Te espero aquí a las cuatro!. Se sentó, saboreó la comida y luego dirigiéndose a mí, dijo: ─Va a venir tu mamá a las cuatro de la tarde, tengo que decirle muchas cosas.

─Usted está equivocada, logré decir, cuando ella me interrumpió. ─ ¡Sos, igualito a tu papá!. ─No señora, mi mamá vive bien lejos de aquí, vive en El Remanso,
─¡Qué remanso, ni que ocho cuartos!, andá, báñate y te cambiás!.

Yo clavé mi mirada en la señora de refajo, esperando que terciara. Me sentía incómodo. Pensé que no iba a tardar en aquel trabajo que estaba tan fácil. La señora de refajo comprendió mi mirada y, para salvarme, fingió escuchar que tocaban en la puerta de la entrada de la casa. ─Allá lo tocan, dijo, dirigiéndose a mi persona. Yo también le entendí y aproveché para salir de aquella situación. Caminé hasta la el corredor y esperé que llegara la señora para que me diera alguna idea de que hacer.

Los diez o quince minutos que tardó en llegar, para mí fueron larguísimos. Me llevaba una mudada bien almidonada y unos mocasines bien lustrados. Se veían bastante grandes los mocasines. ─Báñese y se lo cambia, y se va para allá con ella, porque se me puede enfermar y a mí me lo va a regañar el coronel, manifestó la doña.
─Yo no sé qué hacer, porque ella me está confundiendo y si se enferma, el coronel a mí me puede echar la culpa; le dije. ─Usté no cometió error joven, fue él, por trerlo. ─Sí, pero cuando se fue, me dijo que cuidado con cometer un error porque me mataba, le manifesté con preocupación. ─El es muy buena, nomás dice las cosas, pero no los hace. Aquellas palabras me tranquilizaron bastante.
─Báñese, y se lo cambia, y se va con ella porque ya va a venir su mujer que fue del coronel. Hizo una pausa y luego prosiguió: ─Voy a llamar al coronel para que venga y lo clare todo.

A la par de la bodega estaba el cuarto donde me hospedaría. Estaba la cama forrada con un poncho grueso de pelos de oveja, a la par, un gavetero de madera fina sin barnizar con espejo en la parte superior. En la esquina opuesta una puerta angosta que pasaba rosando la tasa del inodoro y después estaba la regadera, las paredes estaban forradas de azulejos y a la altura de mi hombro había un recoveco donde estaba un jabón. Cerré la puerta con llave y me quité los zapatos, apestaban como a guapinol podrido.
Era un tufo fuerte pero sentí deseos de volver a olfatear. Vi mis zapatos y los comparé con los mocasines. Sentí alegría de cambiar de zapatos, pero también pensé que para trabajar tenía que seguir usando los zapatos viejos. Pensé en medírmelos pero calculé que el tufo a guapinol podrido les quedaría; olí una mocasín y le sentí olor a suela nueva. Luego terminé de desvestirme y entré a bañarme.
Tengo que confesar que llevaba cinco días de no bañarme. Donde el turco solo me bañé una vez. Me sentía grueso de mugre y de las axilas me salía olor a sábila recién cortada. Añoraba un paxte, de los largos, que se daban en los patios de las casas de El Remanso, para restregarme la espalda.

Al vestirme noté que el pantalón me quedaba corto y la camisa me quedaba ancha, pero que rico olía la yuquía. Sentía que me asentaba muy bien el cuello grueso y brilloso. Me peiné con los dedos porque no cargaba peine. Nunca lo hacía porque la gorra me cubría aquella necesidad. Por primera vez tenía la oportunidad de verme en un espejo grande. Aunque el Turco tenía varios, nunca pude verme tranquilo porque siempre que entraba a un cuarto el viejo me vigilaba, era de aquellas personas que desconfían hasta de su sombra.
Me hice el complejo de simpático, para ver por el lado positivo el problema que tendría que afrontar esa tarde y pensé: ─Si la viejita me está confundiendo con su nieto, quiere decir que por lo menos no soy tan feo. Al ponerme los mocasines, cambió mi optimismo porque se me veían saltados los tobillos fuera de los mocasines. Me quité de inmediato el pantalón y con los dientes logré cortar un hilo macizo que sostenía el ruedo de las mangas.

Salí y me dirigí a la sala de entrada. Sentía que no podía caminar bien con los mocasines. ─Si Pacheco me hubiera visto, me hubiera dicho que parezco perico caminando en comal caliente (Pacheco era un hombre que no tenía familia y gozaba haciendo chiste de cualquier cosa y poniendo apodos a todos los vecinos de El Remanso). Me senté en un sillón elegante que estaba en la sala y no hallaba como poner los pies; me sentaba recto para que las mangas del pantalón me cubrieran los tobillos, cuando sentía me recostaba y estiraba las pierna, entonces me miraba los tobillos como nudos de ocote y volvía a sentarme recto. Sin sentir nuevamente me recostaba y me estiraba, entonces pensé en pararme a observar los cuadros y títulos que estaban en la pared. En ese momento supe como se llamaba el coronel. En el título decía, Coronel de Infantería D.E.M. Ángel Abelino Zapeta Solís. Hay varias plaquetas y fotos donde le están colocando medallas en Méxco, en Haití , en Panamá y en Colombia. Está una pintura muy bonita donde el coronel va montado en un hermoso caballo prieto, saludando a mucha gente que está a la orilla de la calle. También hay un retrato del casamiento del coronel con una mujer muy elegante. A la par otro retrato grande de la novia mostrando una sonrisa que hace que a uno le broten ganas de besarla. En ese retrato me detuve bastante rato, tuve la idea de que en cualquier momento, esa señora del retrato, tocaría la puerta, cuando viniera a platicar con la mamá del coronel.
Volví a sentarme cuando llegó la señora de refajo y me dijo que me fuera con la mamá del coronel, que ella iba a esperar la comida. Accedí de inmediato y empecé a caminar, luego la señora me dijo en vos baja: ─ella no está bien de su cabeza, usted no le contesta nada, sólo estese ahí con ella, ya llega yo.

Pensaba y repensaba para tocar la puerta, todavía pensé en regresarme para el cuarto donde iba a dormir, cuando una vos bien emocionada me dijo: Entrá Angelito, vení tomá café conmigo. Entré viéndome los pies, presentía que ella sería lo primero que vería, pero ella no me quitó la mirada de la cara; se me acercó y me hizo una caricia en el cachete, deslizando su mano por mi barbilla. Se me quedaba viendo con tanta ternura que no sabía cómo comportarme. Nunca, nadie, me había hecho una caricia como esa. Luego me tomó del brazo y se fue conmigo a sentarse a la mesa, me sirvió la tasa de café y destapó unos panes grandes que estaban envueltos en una servilleta fina y bien limpia. El aroma del café era delicioso, el olor del pan también. Me seguía observando, y yo me sentía incómodo, mojé el pan en el café y me llevaba el bocado cuando me aproximaba el pan a la boca, ella, con una risa agradable que le entrecortaba las palabras, me dijo: ─¡Qué modales son- esos- Angelito!. Yo me puse nervioso y el pedazo de pan, chapunguió en el café y me salpicó la camisa. Me reí con ella y traté de tomarme un trago de café. Ella siguió con un ataque de risa que hasta las lágrimas se le salieron. Se levantó, fue a un mueble de vidrio que estaba pegado a la pared y trajo unas servilletas bien suaves y se limpió las lágrimas y de una vez me limpió donde el café me había salpicado, tomó otra y me limpió el sudor que me brotaba en la frente, en parte, por el café y más por lo nervioso que me puse cuando se me cayó el pedazo de pan. Ella se sirvió su café y partió un pedazo pequeño de pan. Ahora yo la observaba. Ella no mojaba el pan en el café, mordía el pan, lo masticaba y hasta que se lo había tragado tomaba un sorbo de café.
Ya entrada la noche vi a través de la venta de vidrio como se prendieron las luces de las lámparas de los postes que estaban pegados al muro que circulaba el terreno de la casa. Yo tenía deseos de preguntarle cómo se llamaba pero suponía que metería las patas, porque podría enojarse.

Empezó a contarme una historia de cuando ella era maestra y daba clases en una escuela primaria en el municipio de Mixco, que muchas veces se llevaba al coronel a recibir clases con sus alumnos pero que Ángel, se salía de la clase y se iba a tomarse el café que ella llevaba en un termo.
─¡Buenas noches!, interrumpieron varias voces en coro. Entrando de inmediato dos señoras muy bien arregladas y un hombre parecido al coronel. Se trataba de la ex esposa del coronel y un hermano del coronel con su esposa. ─¿Como está doña Marta?, decían, al tiempo que le daba un beso en la mejía. ─Aquí feliz, respondió ella. El hermano del coronel me extendió la mano al tiempo que me decía su nombre. Yo estaba más nervioso que nunca. No se me quedó el nombre, creo que ni lo escuche. No sé si sonreía o solo pelaba los dientes para fingir que compartía la alegría de aquellas personas.

No sabía que decir o que hacer, jamás había tenido la oportunidad de estar en una reunión familiar y ni siquiera de platicar con personas de clase social como la de ellas.
El hermano del coronel me indicó que saliéramos de aquella habitación. A mí no me quedaba más que obedecer. Caminamos por la vereda y luego por el corredor, hasta llegar frente al cuarto donde me quedaría. Rodeamos el cuarto y luego subimos a un bordo que se miraba como volcán en miniatura. Desde ahí me señaló todo lo que abarcaba el terreno. Me indicó que cuando por las noches oyera ruido, debería subir de inmediato a ese lugar, donde ahora estábamos parados y que desde ahí podría controlar todo. Me comentó que en dos ocasiones se habían metido a robar, lo habían hecho por los palos de encino que estaban al fondo del terreno y que no habían encontrado quien se subiera a cortarles las ramas.
─La preocupación que mi hermano y yo mantenemos es que estas dos mujeres estén solas en este gran terreno dijo. ─Te suplico que estés al pendiente de ellas y que cualquier cosa, vos tomes decisiones como que fuera tu familia, nosotros te lo vamos a agradecer. Por cierto, tenés que tenerle mucha paciencia a mi mamá; ya me contaron que te está confundiendo con Angelito, el hijo de Ángel, seguile el rumbo, lo más que puede hacer, es regañarte como que fueras niño, volvió a decirme en un tono bastante suave. Caminamos hacia el cuarto donde yo dormiría, y como todo conocedor del lugar, después de encender la luz tomó una llavecita que estaba colgada en la pared y abrió la primer gaveta de arriba del gavetero y luego sacó una pistola, que dijo era una treinta y ocho largo. ─Ya la había visto? preguntó al momento que la levantaba. ─No, no sabía que estaba ahí, respondí. ─¿Sabes usarlas?, preguntó. ─No, le respondí, nunca las he tocado, solo las he visto. Le sacó los tiros que tenía en el tambor y se los echó a la bolsa del pantalón, luego tomó una cajita de plástico que estaba llena de más tiros y también se los echó a la misma bolsa. Volvió a colocar la pistola en el mismo lugar y me dijo: ─Un día de estos va a venir Ángel y te va a enseñar a usarla.

Aquella noticia me agradó enormemente, no se por qué pero me sentí emocionado de solo saber que usaría una arma.

Antes de cerrar la gaveta, sacó un objeto parecido a una toronja y me lo dio: ─esto va a ser tu compañía todas las noches, dijo. Cuando cerró la gaveta y le echó llave. Tenía un agarradero como de cubeta. ─¿Sabes qué es?, preguntó. En ese momento le encontré un suich, se lo moví y dio luz. ─Es un foco, le dije. Se me quedó viendo y luego preguntó, ─¿Solo eso?. Seguí observándolo y no encontré nada más. ─Sí, le respondí. Entonces lo tomó él y encendió el radio. Tenía otro botoncito y una ruedita para buscar las emisoras.

─Aquí quedate, descansá y mañana chapiás la grama; cuando termines de hacer alguna cosa, para que no pasés aburrido recogé las hojas del encino que te señalé y las hechas a la fosa que está por donde están las matas de banano, no las vayas a quemar. ─Está bien, gracias por todo, le respondí.

Al día siguiente desperté pensando,(38 larga); no, dijo calibre 38 largo, en eso estaba cuando, la señora del refajo me llevó el desayuno al cuarto, al parecer las cosas cambiaron, sin decirme por qué ni para qué, ─Hay deja los trastes aquí, yo los lleva cuando le traiga el almuerzo, me indicó. Por mi parte, sentía ganas de preguntarle que había pasado, pero temía que la podía poner en apuros porque quizás ni ella sabía las razones.

Transcurrió una semana, las cosas estuvieron tranquilas. Yo me daba por pagado con el billete de veinte quetzales que me dio el coronel el día que me llevó. Ahora la duda que me invadía era si iba a tener un día libre para poder salir a pasear. No me atrevía a preguntarle a la señora de refajo si podría ir a visitar a doña Marta. Sentía ganas de platicar con alguien. Mi única compañía era el radio que me dio el hermano del coronel. Hubo noches enteras que se me hicieron eternas, casi amanecía escuchando Radio Siros o la TGW.

El trabajo que hacía era fácil, no me cansaba y hacía bastante. El monte era suave para cortarlo. Un día fui a recoger las hojas del árbol de encino con un rastrillo y las eché en la fosa. Observé que unas ramas grandes estaban rajadas y con un buen viento podrían caer sobre el tapial que servía de cerco. Decidí que le botaría las ramas. Después de haber almorzado afilé el hacha que encontré en la bodega y fui a cortar las ramas y luego las convertí en leña y tiré las hojas a la fosa nuevamente.

El ruido de los hachazos hacían eco en la distancia y doña Marta al escucharlos divisó por la ventana de su cabaña y de inmediato puso en alerta al coronel quien en poco rato llegó a platicar conmigo. Fue hasta entonces que logré verle, le expliqué el motivo por el que había cortado las ramas. A él le agradó que hubiera tomado decisiones solo, me felicitó y me pidió que visitara a doña Marta por las tardes.

Aproveché para preguntarle que qué día podía tomar para ir a ver patojas. Se sonrió, y luego me preguntó: ─¿cuánto años tenés?. ─Trece y ando en catorce, le respondí. ─El sábado por la tarde voy a venir por vos y vamos a ir a ver patojas. A mi me palpitó el corazón de alegría. ─Está bueno, le respondí. ─Ese día te voy a pagar tu quincena de una vez. ─No hay pena, todavía tengo el billete de a veinte que me dio aquel día, le respondí. El solo se sonrió y se fue.